
Laguna de Samay, Barra del Colorado. Un terreno de 22 hectáreas, en su mayoría dedicadas a la siembra de coco, fue ayer el escenario de uno de los mayores decomisos de cocaína en la historia nacional.
En la propiedad, que aparentemente pertenece a un abogado, hay una vieja casona de tablones, aislada por el mar, la selva y un brazo del río Colorado. Ahí se refugiaron los narcotraficantes.
Se trata de un inmueble con dos aposentos, una pequeña bodega externa, un pozo y una letrina. El sitio les permitió permanecer ajenos a los pocos pobladores.
Los sospechosos nunca visitaron ni a los más cercanos y menos el hotel ubicado a unos 800 metros.
Ningún vecino recuerda haberlos visto en Barra del Colorado, a unos 15 minutos en lancha.
Esa soledad fue un arma de doble filo para los narcotraficantes.
Por un lado, les permitió mantener secreta sus actividades mientras buscaban la forma de sacar la droga o procuraban ayuda.
Por otro lado, su aislamiento les impidió usar teléfonos o medios de transporte ya que se quedaron sin su lancha descompuesta.
El camión utilizado para trasladar los cocos solo se moviliza dentro de la finca.
Según los vecinos, la propiedad estaba a cargo de un cuidador, quien no es de la zona pero trabaja ahí desde hace un año.
Por el momento, las autoridades no han establecido si ese vigilante tuvo alguna relación con los extranjeros.
El vigilante no se encontraba en la propiedad al momento de la intervención policial.
Fuentes policiales dijeron que requieren localizar al encargado de la propiedad, de quien solamente conocen un nombre.
Vistos de largo. "De vez en cuando salían (los sujetos) a la playa, pero no todos al mismo tiempo", comentó un vecino que prefirió no ser identificado.
"Iban de dos en dos y se bañaban en el mar. No tuvieron contacto con los vecinos", agregó el hombre.
La llegada de los desconocidos a esa propiedad no pasó inadvertida para algunos, especialmente para los boteros de la zona.
Eso se debió a que su ingreso coincidió con la circulación de rumores sobre un cargamento escondido entre la selva.
Esta historia comenzó a tomar forma desde el mismo día en que el grupo quedó varado en la playa.
Un vecino los observó cuando sacaban "unos bultos" y los llevaban hacia la maleza, operación que se prolongó durante toda la noche y la madrugada del 13 de abril.
Lo ocurrido comenzó a pasar de boca en boca, y a la mitad de esta semana ya era un secreto a voces en Laguna Samay y sus alrededores.
Fue de esta forma como también llegó a conocimiento de las autoridades, que tuvieron tiempo de preparar el operativo y la captura por todas las vías: aire, mar y tierra.
Cuando finalmente, llegaron las autoridades, los extranjeros estaban entregados al sueño dentro de la casa de madera.
Desde el hotel, algunas personas escucharon disparos.
Tras de su captura, los sospechosos permanecieron casi todo el día a la sombra de un árbol, bajo el resguardo de un nutrido grupo de policías.
Desde ahí, los detenidos se enteraron de cómo su tesoro era desenterrado, y su misión, desbaratada.
Luego, con el rostro cubierto, los sospechosos fueron trasladados a Limón.