La soledad ocupa un pequeño espacio en la ciudad de San José, entre vos y aquel, entre vos y aquella, en un salón de baile, en una discoteque gay, en una iglesia cristiana, en un prostíbulo.
Celebrar no precisa identificación y, sin embargo, esas soledades que se congregaron a pasar juntas el rato de la Noche Vieja del viejo siglo en varios y distintos ambientes josefinos, aportan una identidad:
María Tránsito, empleada doméstica.
Carlos, display.
Mayra, oficinista.
José ¡ngel, obrero nicarag,ense
Rubí, oficios domésticos
Jennifer, prostituta.
Antony, extravesti, enfermo de sida.
Son nuestros protagonistas de una noche de sobrevuelo por lugares como El Jorón, La Avispa, el Centro Social Herediano, Casa de Muñecas, la Iglesia de Cristo para la Gloria de Dios...
De bailongo en bailongo
El recorrido por las márgenes de la capital comenzó de bailongo en bailongo y aunque El Jorón anunciaba calenturas desde afuera, adentro, tibio, y la señora rubia de las medias caladas gruesas y negras no quiso ni oír hablar de fotos.
Buscando acción de fin de siglo, Paúl (fotógrafo), John (chofer) y Aurelia (redactora) bajamos por San Rafael Arriba y subimos por San Rafael Abajo. Pasadas las 10 p. m. en el salón El Buen Día no amanecía y en el Cuchifrito había solo tres gatos sin rastros de cuchinito en los bigotes. Más chingue y meneo en el garaje de algunas casas del vecindario.
Vayámonos para el centro, Johnny.
Nos sometemos a las picaduras de La Avispa , una discoteque gay ; mientras pedimos permiso para entrar, un jovencito amanerado advierte: "Ayy, no me retrate, si me pesca mi mamá, me desconoce". Adentro, la sensualidad no tiene sexo y se prodiga en el centro de la pista con las parejas que bailan acariciando el aire y a su congénere.
"Me gusta el ambiente y la diversión aquí", cuenta José Solís, quien viene a celebrar el cambio de siglo con su mejor amiga, Mayra Pérez.
Una aparición me jala hacia la entrada: Antony, un hombre delgado y moreno de ojos ardientes que baila solo en la acera: "No me tengás miedo..." (véase nota aparte).
El night-club La Casa de Muñecas parece la Casa de Mamá, porque las muchachas de ambiente con sus bocas carnosas y sus pechos grandes acogen a los clientes como a chiquitos perdidos. Al sonar las 12 estos volverán al seno materno...
Al filo de la medianoche subimos la escalera de madera trajineada del Centro Social Herediano, allá por la Cañada. Como puñetazo en la nariz penetra la mezcla de sudor y cerveza. Las parejas maduronas evolucionan por la pista al son de la Sonora Imperial. Los ojos de todos ya miran turbio pero nadie se tambalea, a mucha honra.
María Tránsito, salvadoreña y nacionalizada tica, sonríe a su alrededor desde su faz morena y su vestido color de verano. "Sí, me gusta aquí porque soy una persona muy alegre; trabajo de empleada doméstica en Tres Ríos." Su vecina de mesa, Emilia Obando, de San Rafael Abajo, frecuenta este salón los sábados; la señora dos mesas más acá, en pie de lucha con sus copas de más, viene de Guanacaste.
Llegada la hora
Pitidos, gritos, vivas, subrayan las 12 y la orquesta pide respeto para el Himno Nacional . De pie, los concurrentes lo desentonan y hasta alguno lo baila. El nicarag,ense José ¡ngel Vega, de Chontales, se cuadra a cantar con mano en pecho. Achispado, me invita a bailar Yo no olvido al año viejo , que lanza a pista a todos otra vez, como a la negra de nombre Rubí, que sabe hermoso el contraste entre su piel oscura y su traje fosforescente. No le pierde paso su compañero Carlos Manuel, de Paso Ancho.
A la una de la mañana la gente toma las calles de nuevo, y cerca de la estación al Pacífico, no nos dejan entrar a la discoteque Déja Vu. Diagonal a esta, la Iglesia de Cristo para la Gloria de Dios celebra el cambio de siglo en vitrina hacia la acera, con velas encendidas y comiendo en grupos familiares "tres tipos de lechón y chimichurri, y que Dios la bendiga", me explica el acólito Jaime Hernández.
Volvemos a El Jorón por aquello de que nos perdiéramos algo, pero no, "está feo, otras veces se pone mejor, así que ya me voy", protesta disgustada Elvira, una mujer que se había vestido de rompe y rasga para la ocasión, mientras espera resignada un taxi.