Todos los años la historia se repite: el promedio de aprobación de los colegios privados es superior al de los públicos. Las razones de esta diferencia siempre se achacan a las facilidades económicas de la educación pagada, peroÖ ¿está la causa únicamente en los bolsillos?
Ventajas de secundarias públicas y privadas
Los colegios privados cuentan con mejores aulas, más lecciones de materias adicionales y menos estudiantes por sección.
Estas son tan solo algunas ventajas que goza una población con capacidad económica para comprar más material didáctico y que todos los días puede llegar a clases con el estómago satisfecho.
Dice el saber popular que el dinero no lo compra todo, pero hace las cosas más fáciles, y existe unanimidad entre directores, especialistas y funcionarios de que esto también se aplica a la educación.
El apoyo y el compromiso familiar, la actitud de los estudiantes y la superación del "facilismo", aunque no dependen únicamente del ingreso monetario, sí parecen estar más presentes en los colegios privados.
Los resultados se vieron el año pasado y en los anteriores. Los colegios privados tuvieron un mejor porcentaje de promoción en bachillerato: un 83,94 por ciento, frente al 63,89 en los colegios académicos diurnos del Estado.
El ministro de Educación, Guillermo Vargas, responde a esta brecha con un repudio a las generalizaciones: "Hay instituciones públicas mejores que algunas privadas". Para él, la solución está, en parte, en la actitud, en la vocación de los profesores y en un afán por superar los obstáculos.
Rechaza el criterio del "pobrecito" y que necesariamente exista una relación entre pobreza y fracaso escolar o la carencia de oportunidades.
El programa de informática educativa, de enseñanza del inglés, los bonos escolares y las becas para los estudiantes con menos recursos son algunos de los programas con los cuales el Estado desea cerrar la brecha.
Sin embargo, los fríos datos confirman que el sistema de enseñanza pública aún renquea.
Desde los bolsillos
Los obstáculos saltan a la vista cuando se ve la diferencia entre la "mensualidad" que paga el Estado por la educación pública y la que costean los padres por una enseñanza privada.
Anualmente, el Ministerio de Educación Pública (MEP) invierte ¢132.145 en cada escolar. Es decir, ¢13.214,5 por cada uno de los diez meses de clases. En secundaria, este monto es de ¢24.203 mensuales, por cada estudiante: ¢242.029 por colegial cada año.
Estas cifras se vuelven pequeñas cuando se las compara con las mensualidades que cobran algunos colegios privados que aparecieron entre los mejores resultados de bachillerato de 1998: ¢40.000 en el Liceo Franco-Costarricense, ¢39.000 en el Colegio Calasanz, ¢55.000 en el Saint Francis.
"Es el mayor esfuerzo que el Estado puede hacer", alega el Ministro de Educación.
Pero, según Pedro Fabián Chacón Lizano, director del Liceo del Sur en San José, ese dinero es insuficiente.
Carlos Bermejo, director administrativo del Saint Francis, se asombra de las cifras destinadas a la educación pública: "No alcanza, no se puede garantizar una buena educación así", opina.
Esta diferencia presupuestaria se traduce en mayor cantidad de aulas, materias extraordinarias y laboratorios en favor de la educación privada.
Aún así, los resultados de estos colegios son menores frente a los de otros que sí son públicos y que todos los años se ubican en la cima de los resultados: los colegios científicos.
Pero no todo es cuestión de plata. Tanto los directores de los privados como Sonia Ramírez, directora del Colegio Científico de San Pedro de Montes de Oca, dicen que los resultados también son influenciados por las particularidades de los estudiantes, los profesores y los padres de familia.
A este caso se suma el logro del Colegio de Aguas Claras de Upala, en la zona norte del país. Ni siquiera cuenta con planta física, pero logró obtener en 1999 un ciento por ciento de promoción.
Lo que no se compra
"Tanto aquí, como en los públicos, hay recursos subutilizados", reconoce Carlos Fernández, director académico del colegio Saint Francis.
Él coincide con Francisco Fúster, director del Calasanz, y Gilles Lestruhaut, subdirector del Franco Costarricense, en el sentido de que los padres de familia son un factor fundamental.
Para Fúster, los progenitores que optan por la educación privada para sus hijos fijan sus prioridades en la educación. Esto, dice, se debe a que la mayoría de ellos son profesionales, principalmente liberales.
Esto contrasta con las quejas de Pedro Fabián Chacón y Edwin Alfaro Ramírez, director y asistente de dirección de los liceos del Sur y Escazú, respectivamente.
"La brecha que existe entre los privados y los públicos es una cuestión de mentalidad. El estudiante del colegio privado tiene más conciencia, no solo personal, sino familiar. El padre está más al cuidado de que su hijo gane el año", expresa Alfaro.
A juicio de Silvia Castro, especialista en educación, esto es muy razonable por cuanto es más fácil establecer la educación como prioridad cuando la alimentación es un problema resuelto.
El ministro Vargas rechaza esto. "Me niego a aceptar que la familia de bajos recursos no se interese en la educación. Padres irresponsables los hay en los dos sectores".
Esfuerzos
Los esfuerzos en la enseñanza pública se dan con la introducción del inglés y la informática en escuelas y colegios oficiales.
Félix Barrantes, director de la División de Control de Calidad del MEP, apunta otra diferencia: la selección de los estudiantes. Y esto lo reconoce el coordinador académico del Saint Francis: si el educando no cumple con las exigencias del contrato de educación, no se le renueva.
Esto no sucede en el sistema de educación pública, con excepción de los colegios científicos, que reciben a los mejores estudiantes del país. Esta es, según Barrantes, una razón de su éxito.
A esto se suma otro aspecto: la motivación. Según Fúster y Castro, el estudiante de un colegio privado sabe que debe rendir con mayor exigencia porque en eso se basa su éxito. Para él, es una posibilidad muy real: se siente capaz y obligado para entrar a la universidad.
En los públicos, si bien no en todos los casos, esta posibilidad no es tan cercana, según reconocen los directores de ambos sectores.
Los resultados, de acuerdo con Castro, de estas diferencias se palpan en una mayor capacidad analítica de los estudiantes más privilegiados y una mejor respuesta a la exigencia.