Todos desfilaron por su diploma. Los 14 alumnos de sexto grado de la escuela 26 de Febrero, en Matambú de Hojancha, Guanacaste, repitieron la promoción del ciento por ciento lograda en años anteriores.
Desde edades tempranas, los niños de las reservas indígenas expresan sus ganas de ir a la escuela para aprender. Por ello sus padres y abuelos se esfuerzan por enviarlos a estudiar.
Los pocos recursos económicos son el principal obstáculo de los estudiantes tanto de Matambú como de Boruca, en el cantón de Buenos Aires, Puntarenas. También faltan aulas, pupitres y material didáctico.
Pero los alumnos de estas comunidades no se quejan. Trabajan desde pequeños para costearse las lecciones y su rendimiento académico es similar al del resto del país.
Actualmente existen 140 escuelas en las 22 reservas indígenas, mas solo dos colegios. Para este curso lectivo, el Ministerio de Educación Pública (MEP) abrirá 10 centros más.
La Comisión Nacional de Asuntos Indígenas (CONAI) también ofrece cursos para quienes no puedan ir a las aulas. Se desarrollan en coordinación con el Instituto Costarricense de Enseñanza Radiofónica.
Buen rendimiento
En una pequeña loma: allí ha estado desde hace 115 años la escuela 26 de Febrero, en Matambú, en la península de Nicoya.
Al principio eran pocos los que podían estudiar. Para este ciclo lectivo 126 alumnos llenarán las tres aulas. La demanda es tal que se harán dos turnos. Desde hace dos años esperan a que estén listas tres aulas más.
Las clases se imparten desde el kínder hasta sexto grado. Los niños reciben las cuatro materias básicas junto con informática, música, inglés, religión y educación física.
"Este año se dará cultura, para que los niños aprendan a hacer las artesanías de nuestros antepasados y hablen el dialecto chorotega", dijo la maestra Aida Aguirre.
Pero la buena preparación de la etapa escolar muchas veces se ve interrumpida porque no hay colegio en la zona.
El más cercano es el de Hojancha, a 45 minutos en bus. Muchos no pueden asistir porque no tienen dinero para pagar el transporte y otros se quedan en casa ayudando con los ingresos de la familia.
Esfuerzo de la zona
Los 114 años durante los cuales la escuela Doris Stang ha permanecido abierta en Boruca, a 25 kilómetros de Buenos Aires de Puntarenas, no pasan en vano.
El actual director y cinco de los seis maestros nacieron en esa comunidad del sur del país.
Para poder ir al colegio tuvieron que caminar ocho kilómetros entre una montañosa calle de tierra que llegaba a la carretera Interamericana, donde tomaban un bus de Buenos Aires o Palmar.
Muy pocos jóvenes en ese tiempo lograron hacer lo mismo, pero ahora la situación es diferente. En 1997, tras cuatro años de gestiones por parte de los vecinos, se abrió el Liceo de Boruca, cerca de la escuela.
Las condiciones de la escuela y el colegio no son las mejores. La matrícula en secundaria llegará a 200 alumnos este año. La mitad recibirá clases en el salón comunal y el resto en tres aulas. Hay otras tres que apenas están en construcción, mas no tienen biblioteca.
Por su parte, la escuela con 150 niños cuenta con cinco aulas (una de cómputo), el kínder se da en lo que se supone iba a ser la casa del maestro y el comedor se usa para impartir lecciones de artesanía y lengua brunca. No hayblioteca ni se imparte inglés.
Pese a ello, ambos centros cuentan con los recursos básicos para enseñar.
Su rendimiento es similar al de otros centros del país. De 155 alumnos solo cinco están en pruebas de aplazados.
No obstante, para los jóvenes esto ya no es suficiente. Piensan en la universidad, que está fuera del alcance de la mayoría.
Las principales fuentes de ingresos del pueblo son la agricultura y la artesanía. ¿Cómo costearse los gastos universitarios?
Eso se lo preguntan jóvenes como Ilia Lázaro, de 15 años, que se esfuerza por lograr buenas notas para aspirar a una beca.