Un río San Juan de más de 500 metros de ancho separa los distintos puestos fronterizos de Nicaragua y Costa Rica.
La distancia no es lo suficientemente larga como para no tener idea de lo que ocurre del otro lado; máxime cuando en las largas horas de inactividad, amodorrados en sus bancas, su mirada se entrecruza en medio de las aguas al vigilar el movimiento de embarcaciones sobre el río.
Tranquilos, los ticos ponen sus ojos hacia la frontera del norte y los nicaragüenses hacia la del sur. Ven de reojo con algo desconfianza por lo que pueda suceder, pero no preocupados, alarmados o fastidiados. Simplemente, esperan que la situación se normalice.
Durante el recorrido que realizó La Nación por el río San Juan, frontera norte - el pasado jueves-, se determinó un impacto en las decisiones que han tomado en los últimos días los gobiernos: en esos remotos y desolados territorios, los nicaragüenses se quedaron sin cigarrillos y los costarricenses sin abastecimientos.
Aquí y allá
No son muchos hombres para tanta extensión de territorio fronterizo y los kilómetros de río. En los siete puestos de vigilancia visitados (cuatro de Costa Rica y tres de Nicaragua), los nicas -en gran número de edad colegial- sumaban aproximadamente 20 efectivos, en tanto que los ticos, algo más adultos, alrededor de 10.
Entre ellos, los efectivos ticos y nicas, algunos se conocen, pues muchos tienen meses en la zona. Como del lado norte del río no existen poblaciones, los nicaragüenses de los puestos de vigilancia viajaban, hasta hace pocos días, a la margen sur, para efectuar llamadas telefónicas, comprar alimentos, cervezas o, simplemente, para olvidar el inhóspito clima bajo una tertulia con sus amigos del otro lado.
Los comentarios sobre la disputa son discretos; en algunos casos habían recibido información de sus jefes sobre lo que estaba ocurriendo o instrucciones por los sistemas de comunicaciones militares, pero la mayoría estaba más interesada en la música que se podía escuchar en sus improvisados aparatos de radio, que captan emisiones de uno y otro país.
Todos, en ambas riberas del San Juan, vestían sus uniformes de fatiga verde oliva. Los nicaragüenses portaban las viejas AK-47, uno de los residuos del desaparecido ejército sandinista (ahora ejército de Nicaragua); los ticos, con las tradicionales M-16. Cada puesto tenía comunicación radial con el resto de las unidades; por tierra es imposible la movilización y por agua las condiciones en los puesto costarricenses son deplorables.
Los policías nacionales no tenían ni una sola lancha para trasladarse por el río San Juan. La única lancha del Ministerio de Seguridad Pública que se vio estaba anclada en Puerto Viejo de Sarapiquí.
En cambio, todos los puestos al lado norte del río San Juan tenían su bote para desplazarse.