María es madre de trillizos de 12 años. Los tres están dentro del espectro autista y, hasta el año pasado, asistían a clases regulares en su escuela. Este 2026, con autorización de su madre, fueron trasladados a un aula integrada.
Lo que para algunos sectores representa un retroceso en la inclusión de estudiantes con discapacidad en las aulas −la cual debe estar asegurada por el MEP−, para esta madre significó un alivio tras las experiencias que, narra, vivieron sus hijos.
“Cuando mi hijo, que vivió un episodio de bullying, estaba en aula regular llegaba a la casa con dolor de cabeza, llorando, se aburría, no quería comer, quería estar solo. Ahora que pasó al aula integrada para mí fue lo mejor, él se siente mejor, igual que sus hermanos. Dicen que se sienten mejor porque ahora hay menos bulla”, contó la madre de quien no revelamos su identidad.
Ahora, esta mamá recibe menos reportes de que sus hijos no querían entrar al aula o que uno de ellos se encerraba en el baño durante el recreo para allí sentirse mejor y descansar del ruido.
Afirma que en el aula regular sus hijos no aprendían porque nunca se sentían bien, además, en ese salón de clases solamente había una docente para atender a 25 estudiantes.
El ministro de Educación, Leonardo Sánchez Hernández, afirmó que el país lleva varios años impulsando un proceso para sustituir las aulas integradas por centros educativos inclusivos, donde estudiantes con alguna condición o discapacidad compartan espacios regulares con el resto del alumnado.
La transición ha sido paulatina y todavía enfrenta retos importantes, pues requiere condiciones adecuadas que van desde infraestructura accesible hasta docentes de apoyo dentro de las aulas.
“Lo correcto es que convivan con estudiantes que no tienen ninguna discapacidad para un tema de inclusión”, sostuvo Sánchez, al señalar que Costa Rica está sujeta a normativa internacional en esa materia.
Además, la desaparición de las aulas integradas para transformarse en servicios de apoyo educativo en salones regulares está estipulada en el Transitorio I del Decreto N°40955 -MEP.
Para Julieta Solórzano Salas, directora de la Escuela de Orientación y Educación Especial de la Universidad de Costa Rica (UCR), la educación inclusiva parte del respeto al derecho humano a la educación. Según explicó, los estudiantes que pueden integrarse a aulas regulares suelen adaptarse rápidamente y desarrollar habilidades sociales y académicas.
Sin embargo, todavía existen temores alrededor de este modelo y prácticas que terminan excluyendo a estudiantes con alguna condición, como apartarlos de la dinámica de clase con actividades distintas al resto del grupo.
“Muchas veces el problema es actitudinal. El docente asume que porque el estudiante es autista no está aprendiendo como los demás, pero la escuela no es solo aprendizaje académico rígido y no todos los estudiantes aprenden de la misma manera”, afirmó Solórzano, quien además advirtió de que los ambientes segregados generan más segregación.
La educación inclusiva apuesta por garantizar la permanencia, participación y sentido de pertenencia de todos los estudiantes dentro del aula. Sus defensores, como Solórzano, sostienen que este modelo no solo beneficia a quienes tienen alguna condición o discapacidad, sino también al resto del grupo, al promover la convivencia y la interacción cotidiana.
Sin embargo, llevar ese principio a la práctica depende en gran medida de los docentes. Mientras algunos respaldan plenamente este enfoque, otros describen las dificultades que enfrentan cuando deben atender en aulas regulares a estudiantes con necesidades particulares sin contar siempre con apoyo o recursos suficientes.
La realidad en las aulas
Gustavo Solís Marchena, docente de apoyo de educación especial en la Escuela Pedregoso, de Pérez Zeledón, ha trabajado 10 años brindando acompañamiento a docentes regulares de ese centro educativo en el que no existen aulas integradas, no obstante, esta no es la realidad de todas las escuelas y colegios.
Este educador asiste grupos que van desde materno hasta sexto grado y atienden a población estudiantil dentro del espectro autista, con síndrome de Down, así como otras condiciones.
Para el profesor, la actitud de los docentes sí es clave a la hora de promover la inclusión en el aula, pero reconoce la necesidad de que los maestros regulares cuenten con apoyo para realizar una docencia compartida.
“La gran mayoría de centros educativos tienen docentes de apoyo, donde quizá sufren un poquito más es en las escuelas unidocentes o las más alejadas, porque hay un docente de educación especial itinerante y hace más falta ese acompañamiento”, contó Solís.
Otra es la experiencia de Analía, quien dejó la docencia hace un tiempo al sentir que la carga en las aulas la superaba. Ella trabajó como docente de primer ciclo en una escuela de unos 1.000 estudiantes al sur de San José y cuenta que fue difícil tener en su aula a estudiantes con alguna condición a los que sentía que no podía apoyar al 100%.
Además de sus 28 estudiantes debía hacerse cargo de otros pequeños con alguna condición o discapacidad y aunque reconoce la importancia de la inclusión, no era sencillo, pues no contaba con apoyo extra.
“Es difícil trabajar a la vez con un niño con autismo severo o no vidente y enseñarle mientras también se enseña a los otros 28 estudiantes que llevan educación regular”, dijo la maestra, que hoy se dedica a otra labor y que prefirió que se reservara su identidad.
En su formación universitaria llevó materias de Educación Especial, pero se percató de que esto no era suficiente para acompañar a estudiantes con condición de discapacidad.
La psicóloga Andrea Quirós Villarreal, quien cuenta con una especialidad en el trastorno del Espectro Autista y trabaja en Integratea, un centro de atención integral para personas con discapacidad en la zona Huetar Norte, respalda lo dicho por Analía, pues sabe de docentes que enfrentan mucha angustia al recibir en las aulas a estudiantes con alguna condición y sin sentirse capacitados.
“En centros educativos de San Carlos hay aulas en las que hay de 27 a 30 niños con una sola profesora y de ellos cuatro o cinco tienen discapacidades diferentes”, afirmó.
Según dijo, no hay quien capacite a las docentes en cuanto a requerimientos de los estudiantes, que muchas veces están relacionados con toma de medicamentos o temas de selectividad alimentaria.
Lo que ocurre, lamentó, es que los estudiantes con alguna condición muchas veces no hacen nada en el aula, porque no se les asigna. La situación ha provocado que por la falta de apoyo las profesoras se incapacitan o dejan su trabajo.
El ministro, por su parte, espera que con la reducción de matrícula, vayan quedando más docentes disponibles para poder avanzar hacia la inclusión en las aulas. Sin embargo, esto será paulatino. Es categórico en que debe hacerse con las condiciones idóneas para todos los estudiantes.
“Efectivamente hay un sentir del docente de que las condiciones no existen y cuando no existen se vuelve complejo dar lecciones ahí. Al final termina afectada la población con discapacidad y la población sin discapacidad, teniendo como resultado neto que la mediación pedagógica no fluya como tiene que fluir”, expresó.
