El País

Codicia convirtió sueños en pesadillas

Afectados venden bienes para tratar de sobrevivir

“Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado (Proverbios 10:18)”.

Con esta frase, grabada en bolígrafos que regalaba a sus clientes, Luis Enrique Villalobos Camacho les daba confianza y seguridad sobre las inversiones millonarias que realizaban en su empresa conocida como “The Brothers” (Los Hermanos).

El negocio financiero conformado también por la casa de cambio Ofinter ofrecía a los inversionistas pagar intereses mensuales del tres por ciento sobre sus depósitos en dólares, lo que a la postre constituía un 42,5 por ciento anual.

Este rendimiento se convertía en una especie de sueño para la mayor parte de los clientes, quienes tenían la posibilidad de vivir como reyes en Costa Rica.

Pero desde octubre de este año, la torre financiera de Luis Enrique y Osvaldo Villalobos no resultó ser tan fuerte ni tan confiable.

La compañía cerró sus puertas solo tres meses después de que el Ministerio Público congeló, en julio de este año, las cuentas bancarias de los Villalobos en el marco de una investigación por aparente lavado de dinero.

De esta forma, unos 6.200 inversionistas vieron esfumarse cientos de millones de dólares, los cuales depositaron con fe ciega en la bondad y en la sabiduría financiera de los Villalobos.

Pesadillas

Para unos 500 clientes que plantearon denuncias ante el Ministerio Público con el fin de recuperar sus ahorros, el sueño de vivir de tan elevados intereses, ahora, se les convirtió en la más tremenda pesadilla de sus vidas.

Así lo reconocieron varios de ellos consultados por La Nación durante esta semana y en entrevistas que han realizado los fiscales de la Oficina de Atención a la Víctima del Ministerio Público.

La lista de perjudicados incluye a jubilados extranjeros que, como el canadiense Jim Irwin, invirtieron ahorros de más de 20 años de trabajo.

También hay personas con enfermedades terminales, quienes como la costarricense Carmen R. (así pidió ser identificada) pagaban con los intereses el tratamiento de quimioterapia y ahora no tienen cómo aliviar su mal.

Por otra parte, existen casos de familias que destinaban los réditos para costear la carrera universitaria de sus hijos.

“Perdí toda mi vida”, lamentó Danny Phillips, un exconsultor de la IBM que radica en Costa Rica desde hace diez años e invirtió $500.000 (¢189 millones) en la oficina de los hermanos Villalobos.

Este hombre, de 65 años, de pelo cano y un rostro que revela la angustia, está vendiendo todos sus bienes para subsistir y regresar pronto a los Estados Unidos.

Jeannete Arias, jefa de la Oficina de Atención a la Víctima del Ministerio Público, manifestó que un 90 por ciento de los inversionistas de los Villalobos son estadounidenses.

El 10 por ciento restante lo componen inversionistas de otros países, entre ellos costarricenses.

Para la funcionaria Arias, una buena parte de los casos tratados en esa oficina son “desgarradores”.

El gancho

Los altos intereses que pagaban los hermanos Villalobos fue lo que atrajo a los inversionistas.

Por ejemplo, el profesor canadiense de literatura Jim Irwin colocó $300.000 (¢113,4 millones) hace tres años y recogía $9.000 (¢3,4 millones) mensualmente por intereses.

“Era mucho, mucho dinero; yo vivía feliz aquí, pero ahora esto es un tormento”, expresó.

Irwin incluso aconsejó a su esposa Lina que hipotecara la casa de Toronto y colocara los recursos en “The Brothers”.

Entre los dos aumentaron el capital a $500.000 (¢189 millones) y recogían $15.000 (¢5,6 millones) en intereses.

En octubre, el matrimonio, al igual que miles de inversionistas, dejó de percibir los intereses y ahora están a punto de perder la casa hipotecada y no tienen con qué vivir.

Irwin, por su parte, está vendiendo “a buen precio” la casa que compró en Llorente de Tibás.

“Es lo único que me queda para sobrevivir porque a mi edad, 60 años, no me dan trabajo”, dijo.

El atractivo de los intereses, unido a una especial atención de los hermanos Villalobos, sedujo hasta a los más avezados inversionistas.

Un corredor de bienes raíces de Michigan (Estados Unidos), quien pidió el anonimato, y vive en Dominical de Osa, empezó en 1995 con un depósito de $50.000 (¢18,9 millones), pero en octubre de este año, cuando los Villalobos cerraron las puertas, tenía acumulado $600.000 (¢226,8 millones) y recibía mensualmente $18.000 (¢6,8 millones).

“La codicia me hizo perder todo ese dinero”, admite.

Sin esperanza

Doña Carmen R. es una costarricense, quien vive en San Rafael de Escazú.

A principios del año pasado y producto de la venta de unas propiedades, invirtió $60.000 (¢22,6 millones) en “The Brothers”.

Un año después, los médicos le diagnosticaron un cáncer en el pecho cuyo tratamiento solo se puede realizar en los Estados Unidos.

Por eso, la señora le solicitó por escrito a los Villalobos la devolución de los fondos, pero no recibió respuesta.

Un drama parecido le sucedió a un inversionista extranjero que para sobrevivir a una enfermedad del corazón requiere los $100.000 invertidos hace dos años.

A sus 83 años de edad, solicitó la devolución de los fondos y tampoco recibió una respuesta.

Confianza ciega

Los inversionistas consultados por La Nación, admitieron que desde que tuvieron el primer contacto con Luis Enrique Villalobos confiaron ciegamente en él.

Todos llegaban donde ellos recomendados por un amigo o pariente que tuviera inversiones ahí.

En abril de este año, Richard J. un holandés de 45 años de edad, quien vive en Costa Rica desde 1989, hipotecó su casa y colocó $100.000

con los Villalobos.

Él dijo que esperaba recuperar con esa operación el dinero perdido en otros negocios hechos aquí en el pasado.

Sin embargo, este foráneo solo disfrutó los intereses durante seis meses.

La fiscal Arias manifestó que cuando los Villalobos cerraron las puertas, sus clientes acudieron a la Fiscalía para ver cómo se tomaba alguna acción legal, pero sin perjudicar a los hermanos.

No obstante, dice la funcionaria, a medida que el tiempo pasa el “halo de bondad o pedestal” se está debilitando.

Tal vez el mejor ejemplo de esa desilusión es el exconsultor de la IBM, Danny Phillips.

Él aún conserva el bolígrafo que le regalaron los Villalobos, pero ya no puede pagar el alquiler de su apartamento. “Este bolígrafo es lo único que me dejaron, me costó $500.000...”.

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