La jornada comenzó temprano una mañana de febrero. Douglas Venegas González, investigador del laboratorio Cenibiot del Centro Nacional de Alta Tecnología (CENAT), y Eddy Gómez Ramírez, del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología de la Universidad de Costa Rica (Cimar - UCR), subieron a una embarcación y recorrieron varios sitios del estero de Puntarenas.
Su misión iba más allá de tomar muestras de agua en 12 puntos. Mantener ese líquido para su llegada al laboratorio era vital, en él se analizará la presencia de cuatro grupos de antibióticos y de genes de resistencia a dichos medicamentos.

Las pesquisas no son antojadizas. Trazas de antibióticos en el agua podrían aumentar el riesgo de resistencia antimicrobiana, un fenómeno que se produce cuando las bacterias, virus, hongos y parásitos “reconocen” a los tratamientos y dejan de responder a los medicamentos que se usan para combatirlos.
En medios naturales, como fuentes de agua, el escenario es más complejo.
“Los antibióticos que se desechan en la naturaleza van a entrar en contacto con bacterias. Algunas de esas bacterias van a morir y otras no, las que no mueran van a generar mecanismos de resistencia. Esto va a transformarse en un problema cuando la resistencia se de en bacterias patógenas para nosotros u otros seres vivos”, destacó Jonathan Parra Villalobos, investigador del Cenibiot.
Esto es lo que buscan evitar con su monitoreo estos científicos y sus colegas de otros laboratorios de la UCR: el Instituto de Investigaciones en Salud (Inisa), el Centro de Electroquímica y Energía Química (Celeq), y el Centro para Investigaciones en Granos y Semillas (Cigras).
Parra también recordó que los antibióticos no son exclusivos para tratar infecciones en seres humanos. También son utilizados para combatir enfermedades en los cultivos, en el ganado y en los animales domésticos. Con el aumento de la resistencia también se agotan las opciones para los cultivos y los animales, algo que puede afectar la seguridad alimentaria.
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Antibióticos y genes de resistencia en el Valle Central
Esta no es la primera investigación de este tipo. Durante el 2021, el equipo rastreó antibióticos y genes de resistencia en el río Durazno, una microcuenca del río Virilla que pasa por sitios tanto urbanos como boscosos y poco poblados de Goicoechea, Moravia, Coronado y Santo Domingo de Heredia.

Los científicos tomaron muestras tanto en la época seca como en la lluviosa y en ambos casos encontraron presencia de dos antibióticos, la doxiciclina y la cefotaxima, ambos de uso humano.
También hallaron genes de resistencia, que están relacionados con un mayor riesgo de resistir a determinado tipo de antibióticos.
“Vimos antibióticos y genes de resistencia en lugares en los que no hay tanta actividad humana cerca. Eso es preocupante. Si hay presencia de antibióticos las bacterias van a generar estrategias para resistir.
“Si hay una propagación de bacterias resistentes esto podría impactar cosechas, cafetales, entonces cuando haya que usar antibiótico no va a servir igual o vamos a necesitar mecanismos más fuertes”, dijo Venegas.

Los resultados de este análisis fueron publicados en el 2023 en Cuadernos de Investigación de la UNED.
Con estos datos disponibles, los científicos quisieron comprobar cuánto viajarían estas sustancias a zonas más cercanas al mar, o que podría encontrarse en dinámicas sociales de las costas, que pueden ser muy distintas a las de la ciudad.
Buscar antibióticos en el estero puntarenense
En el estero puntarenense los investigadores buscan nueve antibióticos de cuatro grupos.
¿Por qué justo ahí? Parra explicó que son varias las razones. Por un lado, está la afluencia de aguas con muchas sustancias ya sea porque vienen de centros de salud, de un mal manejo de desechos o de pacientes que los excretan.
“Es que aunque usáramos bien los antibióticos y no los desecháramos de forma irresponsable a basureros o drenaje, igual vamos a excretar antibióticos”, dijo Parra.

Gómez añadió que el reto de buscar en el estero es muy diferente. Buscar antibióticos en agua es un desafío. No es tan fácil como determinar la concentración en una tableta, incluso, un antibiótico ya digerido en un ser humano es más fácil de determinar que en el agua. Los cuerpos de agua son dinámicos, fluyen, se mueven y los antibióticos se diluyen.
En las costas es todavía más difícil, ahí influyen no solo las salidas de agua, también los ríos que desembocan, las mareas y el oleaje.
Eso hace el reto todavía más difícil, porque van a encontrar cantidades muy bajas. Venegas indicó que pueden ser millonésimas partes.
“Pero a esas concentraciones igual pueden ocurrir cambios. Concentraciones tan bajitas afectan biota, no solo mortalidad, también reproducción. También depende de para qué se utiliza el agua, ¿es para regar una cosecha? Pues ahí irían todos estos genes, bacterias o antibióticos que pueden afectar directa o indirectamente", destacó Venegas.
Por estas complejidades no fue fácil comenzar esta investigación. Todo el año pasado fue para validar la metodología y los mecanismos de muestreo y análisis.
Este febrero, con esa metodología ya lista, los investigadores tomaron dos muestras en cada uno de los 12 puntos, con 24 horas de separación entre una toma y la otra.
El análisis de laboratorio
La toma de muestras es solo el primer paso, ahora deben buscar tanto los antibióticos como los genes de resistencia.
Las bajas concentraciones de fármacos hacen de esto un reto, ya que se requiere mucha sensibilidad no solo para encontrar cantidades tan bajas, sino también saber su concentración y diferenciarlos de otros antibióticos, porque estos pueden parecerse.
Finalmente se buscan los genes de resistencia. Para ello, las bacterias aisladas se colocan en un recipiente con antibiótico; si crecen es porque el antibiótico no las mató y tienen resistencia. En este caso se buscan los genes.
Estos resultados todavía no están listos y llevará meses tenerlos completos, pero los científicos estiman que encontrarán más antibióticos y genes que los vistos en el río Durazno.
Con estos datos se espera que puedan dictarse políticas públicas en salud y ambiente que estén basadas en lo que dicta la evidencia científica.
