En 1996 las 32 familias favorecidas con una vivienda de interés social en Palmitos de Naranjo vieron muy atractiva la idea de que su vivienda estuviera construida a base de bambú y concreto.
Hoy, siete años más tarde, prácticamente todas lamentan aquella decisión.
María Elisa Umaña Montoya está entre ellas. El martes anterior mostró al fotógrafo de La Nación cómo la madera de las vigas está podrida, el concreto se desprendió de las paredes y el bambú quedó expuesto.
“Ahora la caña (el bambú) está llena de ratas y cucarachas. Cuando llueve el agua se pasa y por las paredes corre el agua”.
Como ella, María Elena Torres confirmó que padece de los mismos males y que, incluso, su casa fue declarada inhabitable en el 2001 por la Comisión Nacional de Emergencias, después que un derrumbe amenazó con botarle parte de la propiedad.
Otra posición
El viceministro de Vivienda, Ramiro Fonseca, dijo que pese a estos problemas el sistema de construcción a base de bambú no es deficiente, “si se usa correctamente”.
El jerarca aclaró que el proyecto fue inspeccionado el 21 de febrero pasado por el Ministerio y se confirmó que la mayoría de las paredes no cuentan con la viga solera, “que amarra la estructura e impide la entrada de agua” .
De ahí que todas las familias consultadas se quejen de que el bambú “está podrido” y proliferan los insectos.
No obstante, ahí no terminan los problemas. Cuando recibieron el bono, en 1996, la mayoría de estas familias optaron por un préstamo adicional con Coovivienda para ampliar sus casas.
Pero tras la quiebra de esta entidad, la Mutual Alajuela asumió las deudas y comprobó que durante muchos meses los beneficiarios dejaron de pagar sus recibos porque no tenían dónde acudir. Eso provocó que hoy un préstamo que originalmente era por ¢250.000 supere los ¢470.000, con intereses por mora.