Cartago. Así como los cartagineses aprendieron a convivir con un vecino peligroso, como el volcán Irazú, ahora tratan de hacer lo mismo con un inmenso deslizamiento que avanza 1,48 metros por mes hacia el río Reventado.
El ojo avizor se justifica por dos razones: primero, el cauce pasa a 2,5 kilómetros al norte del centro de la Vieja Metrópoli. Además, esta ciudad no olvida que ese río, a menudo con apariencia inofensiva, fue el causante de una tragedia que, en 1963, enlutó hogares y causó gran destrucción.
Esa masa en movimiento, compuesta por tierra, arcilla, arena y materiales volcánicos, es considerada por los expertos como una de las más grandes del continente, pues su volumen total es de 62,9 millones de metros cúbicos, según un estudio llamado "Deslizamiento de Banderillas", realizado en setiembre del año anterior.
No obstante el potencial peligro, el coordinador de la Comisión Nacional de Emergencia (CNE) en Cartago, Sergio Garro, salió al paso de rumores que a lo largo de ocho años han circulado en esta ciudad. Los estudios demuestran que muy difícilmente esta masa podría originar una gran avalancha que cubra el centro de la vieja capital y sus alrededores, añadió.
Claro está, expresó, la CNE sí mantiene una alerta normal sobre las poblaciones y un plan de respuesta ante cualquier eventualidad. Garro precisó que un alud solo perjudicaría a la comunidad de Los Diques, pues se encuentra sobre el canal construido para que bajaran los desechos del volcán, durante el período eruptivo entre 1963 y 1965.
Pero, ¿por qué las autoridades no temen una enorme avalancha? La respuesta es que en el propio deslizamiento, llamado Banderillas, trabaja el quebrador Ochomogo, empresa que se dedica a tomar del río todo el material que cae allí, procedente de las montañas. De esta manera, el cauce nunca se taponará de tal forma que ocasione un cúmulo de agua y sedimentos.
El deslizamiento es objeto de estudio desde 1974, cuando solo medía 38,2 hectáreas. Una medición hecha en noviembre de 1997 reveló que ya alcanzaba las 63,5 hectáreas.
Pero fue entre las décadas de los 70 y 80 fue cuando este movimiento de tierra incrementó más su tamaño. No obstante, en los últimos años, según el ingeniero Juan José Rojas -quien labora en aquel quebrador-, el ritmo de crecimiento ha bajado notoriamente.
Pensar en una solución a este problema es casi imposible, comentó el coordinador de la CNE en Cartago, por cuanto habría que construir una muralla gigante, a un costo millonario. Para Rojas, lo único que detendría al Banderillas será una barrera natural. Empero, advirtió que todos esos suelos se encuentran sobre una masa de arcilla que facilita los movimientos. (Véase infografía.)
Durante la estación lluviosa es cuando más se desplaza el deslizamiento, esto debido a las erupciones del Irazú (entre 1963 y 1965) dejaron una capa impermeable sobre los terrenos, la cual impide la filtración del agua.
Asimismo, debajo de todo ese material existe una presión de agua que también provoca que los terrenos estén en constante actividad.
Más movimientos
Aparte del deslizamiento de Banderillas, sobre la cuenca del río Reventado existen 10 más, sobre los cuales no se ejerce ningún control, aunque se sabe que no son tan grandes y no se mueven tanto como el anterior. Empero, podrían estar obstaculizando el cauce en las partes más altas de la montaña.
Actualmente, el comité regional de emergencia de Cartago sopesa la posibilidad de iniciar investigaciones en esos sitios, con el fin de estar preparados ante cualquier eventualidad.
En esos otros deslizamientos no existe ningún quebrador que utilice los materiales que caen al río, por lo que sí podrían causar una avalancha, aunque para ello se necesitaría un invierno muy fuerte, según fuentes de la CNE.
Por ahora, las autoridades están tranquilas con esos otros 10 desplazamientos, pues aún no han causado ningún problema serio. Posiblemente, muy pronto estarán controlados con mojones para medir el avance de cada uno.
Los funcionarios regionales de la CNE afirman que la población cartaginesa puede estar tranquila, pues lo que ocurre en las faldas del Irazú no es tan alarmante como a menudo se ha creído siempre.