Son las 9 a. m. de este lunes. Un joven de undécimo año recibe un formulario de la prueba de bachillerato. Si se repite la historia de años anteriores, sus respuestas, junto con las de los otros 21.700 aspirantes a bachilleres, van a ir formando un espejo en el que se reflejarán las desigualdades de los estudiantes del país.
Las cifras de 1998 lo confirman: un muchacho de una zona urbana, que estudie en un colegio académico, va a tener mejores resultados que uno de una zona rural que estudie en un colegio nocturno. Estas diferencias también se van a marcar si el centro educativo es público o privado. (Vea gráfico adjunto).
El 68,87 por ciento de los estudiantes citadinos lograron convertirse en bachilleres. En las zonas rurales, el número de graduados bajó a un 57,80 por ciento.
Los jóvenes que asisten a un colegio académico diurno tienen mejor suerte que los que asisten a otros tipos de instituciones. Los primeros tienen un porcentaje de promoción de 87,13. Ocho puntos más que el promedio nacional (79,27 por ciento). Es decir, de cada 10 estudiantes, casi nueve logran obtener su título.
Los resultados de quienes asisten a estudiar durante la noche no son muy halagadores: la mitad de ellos no logran graduarse.
También se ven diferencias entre las materias. Español suele ser la materia en la que se obtienen mejores rendimientos. Aunque el año pasado los resultados mejoraron un poco, matemáticas y estudios sociales ya han hecho historia como las dos asignaturas en las que los jóvenes tienen su peor desempeño.
A todo esto, Félix Barrantes, jefe de la División de Control de Calidad del Ministerio de Educación Pública (MEP), suma las ya recurrentes diferencias entre los resultados de los colegios privados y los públicos, pues los primeros suelen rendir mejor sus cuentas durante las pruebas nacionales.
Esto es lo que nos dice el examen de bachillerato, una prueba que se reinstaló en el sistema educativo costarricense en 1998 para medir el nivel de conocimientos de los estudiantes de secundaria.
Hoy, de nuevo, los estudiantes de undécimo irán a los colegios a demostrar si dominan los conocimientos mínimos que se exigen para un graduado de secundaria. A las 9 a. m. comienza la prueba de español en las instituciones diurnas, y a las 6 p. m. en las nocturnas.
Este año 21.700 jóvenes aspiran a ser bachilleres, de ellos, 3.000 lo harán con adecuaciones curriculares. Es decir, el examen y las condiciones en que se aplica se les adaptan según el tipo de discapacidad que presenten.
Controla, no mejora
Las desigualdades que muestran las pruebas llevan a Josefa Alvarez Beita, presidenta de la Asociación de Profesores de Segunda Enseñanza (APSE), a pensar que no deberían aplicarse hasta que se resuelvan los problemas.
Otros profesores y funcionarios del MEP creen, más bien, que los exámenes han venido a poner orden en la educación secundaria.
De hecho, el porcentaje de promoción durante la nueva era del bachillerato no muestra cambios significativos en relación con lo que sucedía en la educación diversificada antes de su reinstalación.
En efecto, entre 1996 y 1998, la promoción en bachillerato, a diciembre, pasó de 59,80 por ciento a 66 por ciento. La promoción para undécimo año fue de 67,10 en 1985, pasó a 61,40 en 1986 y a 63,70 en 1987, de acuerdo con estadísticas de la División de Control de Calidad.
No obstante, aún se le hacen criticas a los exámenes. Alvarez consideró que no son un instrumento objetivo para medir la capacidad del estudiante. "Las apelaciones que siempre se dan reflejan que las pruebas no están bien hechas", aseveró.
Para Soto, en el caso específico de estudios sociales las preguntas no corresponden con la complejidad de los temas que evalúan.
Barrantes salió en defensa de las pruebas. Si bien reconoció que en años anteriores se les criticó por ser sumamente memorísticas, actualmente se procura introducir ítemes de análisis.
El análisis es uno de los puntos débiles de los jóvenes. Así lo confirmaron las pruebas del año pasado pues en este campo es en el que más fallaron los estudiantes.
Según el especialista en enseñanza de las matemáticas Víctor Buján y el profesor de Estudios Sociales y funcionario de investigación educativa de la Universidad Nacional Eddie Soto, las pruebas nacionales han obligado a los profesores y estudiantes a cumplir con el plan de estudios.
Con esta posición coinciden Barrantes y la asesora del ministro de Educación Elizabeth Martínez. Para el primero, "el examen de bachillerato no mejora la educación per sé, sino que con base en esos resultados tomamos las medidas necesarias".
Barreras y medidas
Además del problema que tienen los jóvenes para analizar, deben enfrentar otras barreras como la falta de textos oficiales para décimo y undécimo año. Barrantes consideró que, si bien sería mejor tenerlos, este problema lo suplen muchos profesores con su capacidad y entrega.
Sin embargo, el 28,90 por ciento de sus profesores no cuentan con un título que los acredita como tales, principalmente en las zonas rurales. En Upala, por ejemplo, el 63,40 por ciento de los profesores no tienen título universitario.
Además existe lo que Barrantes llama un currículum atomizado. Es decir, que los estudiantes de secundaria deben llevar muchas materias: 13 en los académicos, 17 en algunos técnicos. Esto hace que, de las 44 lecciones de 40 minutos en que se divide la semana de un alumno, se destinen 15 a asignaturas que no se evalúan en bachillerato.
El ministro de Educación, Guillermo Vargas, cree que pese a las dificultades todos los estudiantes están bien preparados para las pruebas. "No hemos tenido textos nunca", aunque reconoció que sería mejor tenerlos. Por eso anunció que el próximo año se iniciará la edición de nuevos materiales.
Sobre el problema de la preparación de los maestros, afirmó que este año se ha emprendido un programa de acompañamiento, con asesoría del MEP, y se les ha devuelto a los profesores la información sobre dónde fallan más sus alumnos para que enfaticen en ellos.
Eso sí, Vargas se opuso a la idea de que un currículo amplio sea perjudicial. A su juicio, esto más bien promueve una "formación integral del estudiante".
Hoy, aquél joven llenará, una a una, las "bolitas" de la hoja de respuestas. En cada una de ellas se pondrá a prueba no solo su capacidad, sino la de todo el sistema educativo.
Colaboró con esta información Vanessa Ramírez, colaboradora de La Nación.