
Tomasa López llegó ayer al templo católico de La Carpio –en La Uruca– con el corazón destrozado, pero con suficiente entereza para pedir perdón en nombre de su hijo, Wílberth López Arroñica, quien mató a sus pequeños y se suicidó.
Esta señora, originaria de Juigalpa, en el departamento de Chontales, Nicaragua, y quien vive en Jacó, lloró en silencio la muerte de su hijo, pero sobre todo la de sus nietos: Manuel (11 años), Lilliana (5) y Junior López Alvarado (4).
Los pequeños, cuyos restos fueron enterrados ayer en el cementerio Calvo, en San José, se convirtieron el jueves en víctimas mortales de la violencia doméstica.
El padre atentó contra sus retoños, su esposa Marta Alvarado Lacayo y su sobrino Daniel Salgado Alvarado –estos dos últimos sobrevivieron– para después suicidarse.
La muerte dividió a la familia. Los restos del padre, según acordaron los parientes, descansarán lejos de los hijos.
Dura realidad
Durante su funeral, el sacerdote José Ernesto Ibarra hizo un llamado a los vecinos de La Carpio para detener la violencia doméstica.
El año anterior, la Fuerza Pública atendió 260 casos en esa populosa comunidad josefina.
“Resulta difícil juntar la niñez con la muerte. Estamos aquí para manifestar nuestra tristeza, nuestro dolor y nuestra solidaridad en un momento difícil y casi inexplicable”, manifestó el cura.
Ibarra pidió a los presentes sabiduría y paciencia para sobrellevar el dolor.
“Todos somos humanos. Cuando nos alejamos de Dios y nos dejamos llevar por nuestra irracionalidad podemos dejar de ser humanos y volvernos bestias. Pido a Dios que esta terrible tragedia sea la última. Jesús puede aliviar nuestras lágrimas”, clamó el padre.
En el funeral estuvieron Darwin y Liseth López Alvarado, los dos hijos del matrimonio que escaparon de la furia paterna.
También Daniel Salgado (8 años), con una venda en la espalda que cubre la herida de bala.
“Los médicos dijeron que me salvó el Ángel de la Guarda; él me curó”, dijo. El niño asegura que, más que el balazo, le duele la pérdida de sus primos.
Marta Alvarado, la madre de los niños asesinados, sigue en recuperación en el hospital. Ella recibió un proyectil que la hirió en un pulmón, pero que no afectó al niño que lleva en su vientre.
Nueva morada
Al mediodía, seguidos de cerca por decenas de personas, los tres ataúdes salieron de la iglesia con rumbo al cementerio.
La Carpio vive a flor de piel el dolor de la tragedia. “La gente está muy triste. La muerte de esos niños fue algo impresionante. La comunidad está unida. Como vecinos, hemos sentido en carne propia lo ocurrido. Pedimos a Dios mucha fortaleza”, comentó Ana Isabel Torres, una vecina del lugar.
Muchas personas se apostaron en la aceras y, cabizbajos, rindieron un último tributo a los hermanos López.