El llanto que lo acompañó desde el primer día de juicio cuando se confesó culpable, no evitó la pena que el Tribunal de San José impuso a Gerardo Acuña Jiménez por el asesinato de su esposa.
A las 3:50 p. m. de ayer, este hombre fue sentenciado a 32 años de cárcel por dar muerte a puñaladas a María Lorena Abarca Herrera dentro de un autobús de la ruta La Capri de Desamparados.
La decisión de los jueces Alcides Mora, quien presidió, Luz María Bolaños y Gerardo Segura se basó principalmente en la propia declaración del imputado, así como su "menosprecio a su familia y la sociedad".
Acuña también fue reprimido con seis meses de prisión por el delito de desobediencia a la autoridad, ya que en el momento del crimen tenía prohibición de acercarse a su casa y a su esposa.
También se le condenó al pago de ¢10 millones por daño moral y ¢16 millones más por daños materiales, en favor de Silvio Abarca Aragón, padre de la mujer y quien ahora se hizo cargo de sus cuatro nietos.
"Nos quedamos con el corazón herido. Que Dios tenga misericordia de él", dijo Abarca al concluir el juicio.
En un autobús
María Lorena Abarca Herrera era maestra de la escuela de Los Guido de Desamparados y de la cárcel de mujeres El Buen Pastor. Además cursaba una maestría en la Universidad de Costa Rica.
La noche del crimen regresaba de clases cuando se encontró con su esposo en el autobús. Ahí comenzó la discusión y terminó su vida.
Tanto durante su declaración, así como ayer cuando le dieron la palabra antes de dictar el fallo, Acuña dijo que actuó movido por los celos.
Para la fiscal Ginnete Portugués, así como para los representantes de la familia, el crimen fue premeditado y Acuña lo planeó desde que se encontraba en prisión cumpliendo otra sentencia por abusos deshonestos en perjuicio de una hijastra.
Todos coincidieron en su solicitud de 35 años de cárcel.
"Que sirva para marcar un precedente. Ni cien años van a restituir a María Lorena, pero al menos que estas personas se vayan con la sensación que este señor recibió todo el peso de la ley", manifestó Ilem Meléndez, representante del actor civil.
En un intento por disminuir el castigo, la defensora Xinia Wong insistió en que con imponerle la pena máxima a Gerardo Acuña no se iba a cambiar el sistema. "A pesar de todo esto no podemos verlo como un monstruo", dijo la abogada.
Acuña, mientras tanto, permanecía con la cabeza escondida entre los brazos. Cuando le dieron la palabra, antes de dictar el fallo, sacó las llaves de la casa y pidió que se las entregaran a los hijos de su esposa muerta.