Los refinados gustos de la expresidenta panameña Mireya Moscoso nunca fueron un secreto de Estado; todo lo contrario, no perdió oportunidad para lucir sus valiosos vestidos y sus costosísimos accesorios.
Precisamente, son estos gustos los que la tienen, esta semana, en el centro de la polémica en su país, donde se le cuestiona haber gastado miles de dólares –de su partida secreta en la Presidencia– en ropa, viajes, joyas y decoración.
Cuentan antiguos colaboradores de la expresidenta que en una graduación de la Academia de Policía, ella lució impecable un traje sastre del diseñador Valentino y unos grandes lentes negros Channel, mientras que los restantes presentes se distinguieron por el color caqui del uniforme policial.
Las revistas de moda y farándula no tiene reparos en reconocer el buen gusto y, en ocasiones, la ostentosidad de Moscoso, oriunda de una familia de clase media de Pedasí, un pequeño pueblo de la provincia de Los Santos (en el centro del país).
Como la espuma
En su juventud, Moscoso fue trasladada a la capital para que estudiara en un colegio de monjas. Su madre decía que ella “tenía que ver siempre hacia lo más alto”, y así lo hizo.
A los años, ella conoció a quien fuera tres veces presidente de Panamá, Arnulfo Arias.
Luego de ser su compañera de luchas políticas y sentimentales, ambos se vieron obligados a viajar al extranjero tras el golpe de Estado del 11 de octubre de 1968.
Tras un breve paso por Costa Rica –donde fueron recibidos por el expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia–, la pareja se refugió en Miami –donde vivió en el exilio durante 10 años–; allí contrajeron matrimonio, en 1969.
Moscoso no perdió el tiempo y se dedicó a estudiar: primero se graduó en decoración de interiores y luego computación.
Sus allegados cuentan que, desde entonces, su gustó se refinó aún más.
Nueve años después ambos regresaron triunfantes a su país y allí Moscoso sería, inevitablemente, una figura pública, siempre fiel al lado de Arnulfo Arias, médico de profesión.
Cuando este murió, a la edad de 87 años en 1988, ella heredó una cuantiosa fortuna, que le permitió afianzar y aumentar su estatus social, el mismo que le permitiría vestir trajes de diseñador y accesorios por demás cuantiosos.
Pero su refinado gusto no era exclusivo a la hora de vestir; también lo hizo evidente en sus regalos y en sus gastos durante su presidencia (1999-2004), según un informe de la Contraloría de la Nación. A modo de ejemplo, gastó $7.000 en un árbol de Navidad.