
El llamado turismo atómico despierta curiosidad en miles de personas que viajan cada año a zonas marcadas por accidentes nucleares. Lugares como Chernóbil, en Ucrania, y Fukushima, en Japón, concentran visitas enfocadas en la historia, la ciencia y la memoria colectiva, pese a los estrictos controles de seguridad por radiación y a las áreas que aún mantienen niveles peligrosos.
La posibilidad de observar de cerca escenarios que cambiaron el rumbo de la energía nuclear impulsa este tipo de turismo. Las excursiones se desarrollan bajo protocolos rigurosos y con accesos limitados, autorizados por los gobiernos de cada país.
Chernóbil: ingreso controlado a la zona de exclusión
El interés por Chernóbil aumentó tras la difusión de producciones audiovisuales que retomaron el accidente ocurrido en 1986. En la actualidad, el acceso a la Zona de Exclusión de Chernóbil (ZEC) solo es posible mediante agencias de turismo acreditadas y con permisos oficiales del gobierno ucraniano.
La radiación residual del reactor 4 se mantiene en distintos niveles dentro de la zona. Por esta razón, los visitantes deben cumplir normas estrictas antes de ingresar. Estas incluyen la presentación del pasaporte y el uso obligatorio de ropa de manga larga, pantalón largo y calzado cerrado, con el objetivo de reducir el contacto con polvo y partículas radioactivas.
La ZEC abarca puntos emblemáticos como Prípiat, ciudad evacuada tras el accidente, y el Nuevo Confinamiento Seguro (NSC), estructura que cubre el reactor dañado. También existen áreas donde la vida silvestre se desarrolló con fuerza, con especies que muestran adaptaciones a la radiación.
Durante las visitas, los turistas portan medidores de radiación personales. Estos dispositivos alertan sobre incrementos en los niveles detectados y permiten a los guías decidir los recorridos. Al finalizar el trayecto, los equipos se revisan y los visitantes deben pasar por controles para descartar contaminación en ropa u objetos personales.
Algunas zonas permanecen cerradas al público. Entre ellas figura la Floresta Roja, considerada una de las áreas más contaminadas del planeta. Tras el accidente, los pinos de ese sector murieron y adquirieron un tono rojizo que dio origen a su nombre.
Datos oficiales indican que en 2021 unas 73.000 personas visitaron Chernóbil. Antes de la pandemia, en 2019, la cifra alcanzó 124.000 visitantes, lo que refleja el crecimiento sostenido del interés.
Fukushima: memoria y reconstrucción en Japón
Otro destino asociado al turismo atómico es Fukushima, aunque con menor afluencia que Chernóbil. En 2011, la región sufrió un triple desastre provocado por un terremoto de magnitud 9,1, seguido de un tsunami con olas de hasta 15 metros.
El impacto dañó gravemente el sistema de enfriamiento de la usina nuclear Fukushima Daiichi. Tres de sus seis reactores en funcionamiento registraron fusiones parciales del núcleo tras explosiones internas. El desastre causó la muerte de casi 16.000 personas, mientras más de 2.500 cuerpos nunca aparecieron.
A diferencia de Chernóbil, muchas zonas de Fukushima permiten visitas sin guía. Las autoridades japonesas detallan con claridad qué áreas se pueden recorrer y cuáles siguen restringidas por contaminación.
Ciudades como Namie, ubicada a menos de diez kilómetros de la usina, evidencian aún las consecuencias del accidente. La localidad evacuó a sus 21.000 habitantes y solo en 2017 se levantaron las órdenes de desalojo en sectores centrales. Hoy, algunas calles permanecen casi desiertas y la presencia de turistas es escasa.
La población desplazada recibe seguimiento médico constante. Organismos oficiales realizan controles anuales para medir la presencia de cesio 134 y 137 en el cuerpo de los habitantes afectados. En el resto del país, estos exámenes se efectúan cada dos años.
Un territorio que reduce las zonas restringidas
El proceso de recuperación en Fukushima avanza de forma gradual. Antes, un 12% del territorio de la provincia permanecía aislado tras el accidente. Esa proporción bajó a 2,2%, según datos del gobierno local.
Las ciudades de Okuma, Futaba, Namie, Tomioka, Minamisoma y Katsurao desarrollaron planes para facilitar el retorno de residentes y mejorar las condiciones ambientales. La descontaminación de las áreas habitables concluyó en marzo de 2018. Aún persisten cerca de 309 km² clasificados como de retorno difícil.
Un turismo que exige preparación emocional
Quienes visitan estos destinos coinciden en que el turismo atómico requiere una disposición emocional particular. Recorrer ciudades abandonadas y zonas marcadas por tragedias nucleares genera reflexiones sobre la fragilidad humana y el impacto de la tecnología.
La experiencia permite comprender la magnitud de los desastres y sus efectos a largo plazo en las comunidades. Para algunos viajeros, se trata de una forma de aprendizaje histórico y social. Para otros, representa un viaje intenso que no resulta adecuado para todo público.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
