El taxista que me transporta por la ciudad se llama Omar Sarmiento. Es joven, está casado y tiene un hijo de tres años.
“¿Dónde lo llevo señor?” Entonces, le señalo un rótulo gigante de Coca-Cola, copia del emblema de Hollywood, en Los Ángeles, y le respondo: “Allí”.
Omar se me queda mirando. “¿Allí?”, me pregunta.
Yo no sabía que era una “zona caliente”. Al explicarme lo que es eso, comprendo su temor. Con un promedio de 82 homicidios por cada 100.000 habitantes, la violencia en Tegucigalpa encabeza los registros en el Istmo, según el Estudio Global sobre Homicidios, de la Oficina del Crimen y Drogas de Naciones Unidas .
Los asesinatos son el pan de cada día, tanto en las empobrecidas colonias como en las amplias avenidas y bulevares de esta ciudad de millón y medio de habitantes.
Tegucigalpa es la más violenta de las capitales del triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador), por donde pasa el 90% de la cocaína que entra a los Estados Unidos.
A excepción de un par de zonas donde los edificios se levantan orgullosos, tanto en el centro como al sur, el resto de la capital está rodeado por la pobreza.
Aquí la vida se vive al día.
El ciudadano de a pie aprendió a convivir con sus malas vecinas: las maras. El tráfico de drogas al menudeo y al por mayor alimenta la guerra intestina entre las maras 18 y Salvatrucha, lo cual dispara los cuadros de violencia, señala el informe de Naciones Unidas.
Los pandilleros cobran un “impuesto de guerra” para entrar o salir de las colonias. Además, tanto la relatoría como entidades académicas y humanitarias, coinciden en que la corrupción policial impide el combate al hampa.
Dos días después de mi llegada, el equipo de sucesos del periódico
A las 8:57 p. m., el
Luego, y a pesar del disgusto del chofer a quien solo conocí como
La prensa aquí tiene una especie de vía libre en algunos barrios, aunque los datos de mortalidad de periodistas del Comisionado de Derechos Humanos reseñan que entre el 2003 y el 2011 hubo 27 periodistas asesinados en Honduras.
El fotógrafo le pidió a
El muerto estaba oculto por un carro y la cinta policial no nos dejaba pasar. Desde la acera se divisaba a media luz un charco de sangre que escurría hacia el caño. El llanto de un par de muchachas se repetía una y otra vez y desde un balcón, tres niños miraban la escena.
Recordé al taxista Omar Sarmiento, quien días antes me había llevado al alto del Cristo del Picacho, para hacer tomas de la ciudad.
“Hay bastante gente sádica. Las pandillas despedazan a las personas. Los cortan y las tiran en bolsas de basura”, me dijo.