Basora, la segunda ciudad de Iraq y la primera en producción de petróleo del régimen de Sadam Husein, es un punto clave en el desarrollo de la guerra y su toma se considera fundamental para decantar la victoria.
Con una población de un millón y medio de habitantes, de mayoría shií, y situada a unos 550 km al sureste de Bagdad, Basora es también el principal puerto iraquí, desde el cual el legendario Simbad el Marino partió hacia sus míticos viajes.
Su localización comercialmente ventajosa, junto a los yacimientos de petróleo y a 120 km del golfo Pérsico, la convirtieron en una ciudad próspera, conocida en su día como la “Venecia de Oriente”, por los canales que cruzan Chaat Al Aram –como se denomina la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates–.
Centro cultural
Fundada en el año 636 antes de Cristo por el califa Umar I, se convirtió en un importante centro cultural bajo el reinado de Rashid de Harun y comenzó a declinar con la caída del califato de Abbasid.
Su importancia estratégica hizo que fuese pieza importante de los imperios persa y otomano y los británicos, que la ocuparon durante la I Guerra Mundial y se quedaron allí hasta 1930.
Tras la Gran Guerra, la construcción de una línea de ferrocarril hasta Bagdad y la modernización de sus instalaciones portuarias devolvió la importancia a la ciudad, de la que actualmente se extraen un millón de barriles de crudo diarios.
Sin embargo, los continuos ataques de que fue objeto en la guerra que enfrentó a Iraq e Irán (1980-1988) y la que desencadenó Sadam contra Occidente (1991) tras invadir Kuwait (1990), la han dejado sumida en la miseria. Y a su población, enferma por los efectos del uranio empobrecido.
Durante la I Guerra del Golfo cayeron en Basora 300 toneladas de bombas recubiertas de uranio empobrecido, la única explicación que han encontrado los médicos locales para el espectacular aumento de los casos de cáncer y malformaciones congénitas.
Según sus cifras, en 1998 había once casos de estas enfermedades por cada 100.000 habitantes iraquíes pero en el 2002 llegaron a 123, en muchos casos agravados por el embargo internacional que pesa sobre Iraq desde hace más de doce años.
Los bombardeos, sin embargo, no terminaron con la guerra pues la ciudad ha seguido siendo un objetivo militar de los aviones de combate aliados que patrullan la zona de exclusión aérea que fue establecida de manera unilateral por Londres y Washington bajo el paralelo 32.
La población de Basora también ha sido duramente castigada por la dictadura de Sadam Husein. Tras la victoria de Estados Unidos, los curdos del norte y los shiíes del sur iniciaron una revuelta para tratar de acabar con el presidente iraquí y fueron sangrientamente aplastados.