8 diciembre, 2014
Miembros del Consejo Nacional de Áreas Protegidas caminan por el bosque de la Biosfera Maya en la Municipalidad de Carmelita, departamento de Petén. Las comunidades de Carmelita y Uaxactun, viejos productores de “chicle”, obtuvieron la concesión de miles de hectáreas para hacer un manejo responsable de sus recursos. | AFP
Miembros del Consejo Nacional de Áreas Protegidas caminan por el bosque de la Biosfera Maya en la Municipalidad de Carmelita, departamento de Petén. Las comunidades de Carmelita y Uaxactun, viejos productores de “chicle”, obtuvieron la concesión de miles de hectáreas para hacer un manejo responsable de sus recursos. | AFP

Petén, Guatemala AFP Como dirigiendo una orquesta invisible con sus manos, Juan Trujillo entona una vieja canción de los pobladores de Carmelita, una comunidad enclavada en las entrañas de la selva maya, en el norte de Guatemala, que convirtió la preservación del bosque en su modo de vida.

“Señores, voy a cantarles lo que yo en el monte vi, yo miré a un pobre chiclero huyendo de un jabalí...”, canta Juan, mientras camina por esta centenaria comunidad con raíces en la migración de jornaleros mexicanos y guatemaltecos para la explotación de la resina del árbol de chicozapote, la materia prima de la goma de mascar.

Un frondoso árbol con vetustas cicatrices verticales y diagonales, en el espeso bosque, armonizado por el canto de las aves, recuerdan esos “tiempos de gloria” del chicle (goma) que colapsaron en los años 80 con la caída de la demanda internacional, principalmente de Japón.

Tras ese fenómeno, Carmelita transformó su estilo de subsistencia y desde hace casi 25 años es parte de un programa gubernamental de concesiones forestales para preservar la Reserva de la Biosfera Maya, en el norteño departamento de Petén, fronterizo con México, el área protegida más grande de Mesoamérica.

La concesión les permite a los pobladores, organizados en una cooperativa, aprovechar madera, xate (planta ornamental), pimienta, chicle y otros recursos forestales, cuenta el poblador después de concluir su melodía: “Yo como era muy fifí (inteligente) en un palo me subí, para que no me comiera el bendito jabalí”.

El bosque paga. “El bosque paga su propia concesión”, “Carmelita vive del bosque”, y “el bosque nos paga la salud y educación”, repiten, en su mayoría, los habitantes, conformados en 380 familias a cargo de preservar 53.797 hectáreas de bosque.

Según el estatal Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap), las concesiones forestales en la selva maya, incluida Carmelita, generan cada año ingresos calculados en 6 millones de dólares y producen 3.300 empleos.

Esos fondos radican principalmente en las exportaciones de madera y xate, apetecidos en Estados Unidos y Europa.

Incluso, una marca internacional de guitarras les solicita “cortes especiales” de madera para la confección de los instrumentos, comentó Byron Hernández, uno de los técnicos forestales de la comunidad.

Mayas
Mayas

Los recursos se destinan a becas escolares, servicios médicos e inversión, como el aserradero para la fabricación de muebles, y desde hace unos años la promoción turística con la visita a sitios arqueológicos en la zona, agregó Hernández.

La concesión “no nació para que las comunidades se vuelvan multimillonarias porque los recursos no se explotan industrialmente, sino en un parámetro de conservación”, mencionó, por su lado, Carlos Kurzel, integrante de una asociación que reúne a varias comunidades con licencias similares.

Explotación racional. Kurzel indicó que los comunitarios solo cortan los árboles que cumplen determinados requisitos y dejan los llamados árboles semilleros para que vuelvan a regenerar la zona talada.

A pesar de los buenos resultados del manejo sostenible del bosque, el dirigente comunitario detalló que existen varias amenazas a las concesiones forestales, como la ganadería ilegal que tala árboles para abrir pastizales, el acaparamiento de tierras para asentamientos humanos no autorizados y, en algunos casos, el narcotráfico.

Al igual que Carmelita, la comunidad de Uaxactún, dentro de la reserva, también surgió como un campamento “chiclero” y desde el 2000 es la encargada de cuidar y aprovechar 83.558 hectáreas forestales.

En una larga habitación, construida de madera y láminas de cinc, los pobladores clasifican la planta de xate, la cual se exporta para la confección de adornos florales.

Hombres y mujeres clasifican las ramas que fueron recolectadas por los llamados “xateros”, quienes se adentran en el bosque para recolectar la planta, o bien cultivarlas en el vivero local.

“Ser xatero es una tradición”, expresa Ervin Maas, quien llegó al lugar con sus padres hace 20 años.

La localidad también tiene vestigios de la migración mexicana y algunas zonas aun se les conoce como El Yucatán y El Campeche.