Santiago . El expresidente de facto chileno Augusto Pinochet abandonó ayer el mando del Ejército con demostraciones sentimentales al borde de las lágrimas, pero sin una sola muestra de arrepentimiento por el cruento golpe militar que lo instaló en el poder hace 25 años.
Pinochet, con 65 años de servicio militar, entregó el mando supremo de las fuerzas armadas a su sucesor, general Ricardo Izurieta.
El ahora capitán general en retiro, de 82 años, que encabezó un régimen autoritario de 17 años, entregó el bastón de mando a Izurieta en una emotiva ceremonia en la que incluso lloró al recordar el apoyo de su esposa Lucía Hiriart durante su gestión.
El acto simbólico celebrado ante un millar de invitados especiales y 3.000 soldados que desfilaron con los distintivos de las armas del Ejército, señala el fin de una etapa de la historia de Chile, signada por la presencia de Pinochet en el primer plano de los acontecimientos, con simpatizantes incondicionales y detractores a muerte.
Asimismo, el traspaso marcó el inicio de una serie de disturbios, protagonizados por opositores al exdictador, en los cuales la policía arrestó al menos a 50 personas (nota aparte).
El general en retiro no se irá en silencio de la institución, por cuanto tiene previsto incorporarse, a partir de hoy, al Parlamento como senador vitalicio, un cargo que le concede la constitución de 1980 promulgada por su gobierno. Pero su ingreso al Parlamento está rodeado de polémica, y ya se han presentado acciones políticas y judiciales para frustrar su senaduría.
Relevo emotivo
El traspaso de mando estuvo cargado de simbolismos castrenses, que comenzaron cuando se bajó el gallardete con el nombre de Pinochet como comandante, y se izó la bandera que consagra a Izurieta como nuevo jefe de la milicia.
Posteriormente, Pinochet entregó al presidente Eduardo Frei el bastón de mando para que este lo pasara al sucesor. El propio general en retiro traspasó a Izurieta la espada del Libertador Bernardo O'Higgins, héroe independentista de Chile.
Pinochet hizo un emotivo discurso en el que recordó sus inicios como soldado y los hitos de su carrera, incluido el golpe de Estado que depuso al presidente marxista Salvador Allende, quien lo había nombrado en la jefatura del Ejército en agosto de 1973.
El 11 de septiembre de 1973 la milicia derrocó a Allende y estableció un régimen autoritario, cuyas primeras acciones fueron el cierre del Congreso, la proscripción del Partido Comunista y el estado de sitio.
El régimen dejó 3.000 muertos o desaparecidos, miles de torturados y unos 52.000 exiliados, al tiempo que modernizó al país y lo puso en la senda del crecimiento económico más sostenido de América Latina.
Pinochet advirtió que en ese entonces "eran evidentes las posibilidades de una autodestrucción de Chile.