Estocolmo (AP). Temía a los inmigrantes, mantenía una lista de víctimas en potencia que incluía a un famoso artista negro de hip-hop, y al parecer acechaba a los blancos de su resentimiento armado con una pistola.
El caso semeja el de Anders Behring Breivik, un pistolero solitario dispuesto a desencadenar su furia xenófoba en un estallido de violencia. Y aunque el atacante que aterrorizó la ciudad sueca de Malmo el año pasado fue menos letal que el asesino de Noruega, nuevas revelaciones revelan una corriente subyacente de odios étnicos debajo de la faz plácida y tolerante de los países nórdicos.
Suecia, Dinamarca y Noruega han ganado el reconocimiento mundial por sus esfuerzos para construir sociedades pacíficas y equitativas, con generosos programas de inmigración consagrados en la política del gobierno. En Estocolmo, donde cada vagón del subterráneo lleva un nombre como si fuera un juguete, la hora de mayor afluencia se convierte en un desfile multiétnico.
Noruega, sede del Premio Nobel de la Paz, y Suecia han abierto sus brazos a los refugiados de zonas de conflicto y han recibido a decenas de miles de afganos e iraquíes en los últimos años, como también somalíes y asilados que huyeron de las guerras balcánicas. Las expresiones explícitas de racismo son tabú.
Pero en una región que atesora la armonía social como uno de sus grandes valores, existen tensiones raciales que amenazan desestabilizar este equilibrio cuidadosamente cultivado.
Los partidos ultraderechistas y antiinmigrantes han logrado notables ganancias en Escandinavia en los últimos años. El año pasado, los Demócratas Suecos, de ultraderecha, entraron en el Parlamento por primera vez con un 6% de los votos. El Partido del Progreso en Noruega pasó de la insignificancia a ser la segunda fuerza nacional, con 22,9% de los votos en el 2009. El Partido del Pueblo en Dinamarca ha duplicado casi su presencia parlamentaria desde 1998, pasando de 13 bancas a 25. Los Verdaderos Fineses de Finlandia sorprendieron este año cuando ganaron 41 bancas en comparación con las 6 que tenían.
A medida que esos partidos ganan en popularidad, su retórica se ha hecho más virulenta, suscitando temores de que la invectiva contra los inmigrantes encienda la imaginación de los extremistas en una región que ha sido proclive a arranques solitarios de furia asesina.
En la campaña electoral del año pasado, un miembro de los Demócratas Suecos escribió en un blog sobre los inmigrantes: “ Incrústenles una bala entre los ojos, métanlos en una bolsa, estámpeles un sello postal y envíelos de regreso a su país”. El partido ganó 20 bancas en el Parlamento.
El Partido del Pueblo de Dinamarca, que apuntala la coalición de gobierno de centroderecha, suele revelar sus resentimientos, como cuando la líder del partido Pia Kjaersgaard aludió a las ciudades suecas como “Beiruts escandinavos”.
Es difícil comprender lo que motiva a la ultraderecha escandinava. Según la teoría convencional, la enemistad racial y las políticas extremistas van de la mano con las dificultades económicas. Pero esa conexión es difícil de establecer en los países nórdicos.
Noruega, rica en ingresos petroleros, tiene el cuarto nivel de poder adquisitivo en el mundo, y sus vecinos Suecia, Dinamarca y Finlandia están entre los primeros 25, según el Fondo Monetario Internacional. Sus capitales figuran a perpetuidad en las listas de las ciudades más agradables para vivir en el mundo, y sus generosos programas de bienestar social ayudan aun a los residentes más marginales.