Katmandú. (Reuters). Hace no mucho tiempo era reverenciado como un dios hindú, esperado por miles de criados del palacio real. Su rostro coronaba billetes y el himno nacional lo elogiaba.
Ahora el rey Gyanendra de Nepal es vilipendiado, ha perdido su corona y tendrá que pagar sus propios impuestos y cuentas de electricidad.
Tras la abolición de la monarquía, hoy, la Asamblea Constituyente de Nepal acabó con la dinastía Shah de 239 años de antiguedad, y dejó a Gyanendra para que pase a la historia como el último rey de Nepal.
El empresario de 60 años convertido en monarca no puede culparse más que a sí mismo, dicen muchos nepalíes, tras un avance inconstitucional en el 2005, cuando desplazó al Gobierno, encarceló a políticos y declaró un estado de emergencia.
Gyanendra estaba aparentemente harto de los políticos corruptos y en permanente disputa de Nepal, y decidió que solo él podía rescatar al país de una letal insurgencia maoísta.
El intento se le volvió en su contra y se vio forzado a ceder al año siguiente tras semanas de protestas callejeras que en última instancia sellaron su destino y el de la monarquía.
“Creyó tener la mejor intención”, dijo Kunda Dixit, editor del semanario Nepali Times. “Pero fue su vena autócrata lo que lo arruinó”, agregó.
Nacido en 1947, Gyanendra construyó una fortuna con el té, el tabaco y hoteles, e involucrándose en temas de conservación ambiental como empresario. Hace cerca de siete años, su popular hermano, el rey Birendra, y otros ocho miembros de la familia real fueron baleados y asesinados por un príncipe de la corona, que luego se suicidó.
Gyanendra asumió el trono y como muchos de sus predecesores fue criado para creer que sabía mejor que sus súbditos qué era lo mejor para Nepal.
Los maoístas dicen que Gyanendra puede permanecer en el país como un plebeyo y empresario, siempre que respete la decisión de la asamblea.
El rey mismo ha dicho que no tiene intención de abandonar Nepal. En cambio, es probable que se traslade desde el Palacio Narayanhity con techos rosas estilo pagoda a su propia residencia privada en Katmandú, lujosa y bien custodiada.