
Oslo (DPA y AFP). El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, recibió hoy con “profunda gratitud y gran humildad” el Premio Nobel de la Paz 2009, según dijo durante la ceremonia de entrega en Oslo.
Obama reconoció la controversia desatada por su elección para el premio. “En parte esto es porque estoy al comienzo, y no al final, de mi trabajo en la escena mundial”, sostuvo.
“Mis logros son escasos” en comparación con “gigantes de la historia” que recibieron antes el Nobel de la Paz, como Albert Schweitzer o Nelson Mandela, admitió Obama. “Además hay hombres y mujeres en todo el mundo que están en prisión o son golpeados por buscar la justicia”.
“No puedo replicar nada a aquellos que piensan que esos hombres y mujeres (...) merecen este honor mucho más que yo”.
Por otra parte, también favoreció el debate el hecho de que el premiado sea el comandante en jefe de una nación implicada en dos guerras, añadió Obama al inicio de un discurso en defensa de la paz, los derechos humanos y el desarme.
El comité Nobel sorprendió al planeta, y al propio galardonado, el 9 de octubre al otorgar el premio a Obama, que llevaba solamente nueve meses en la Casa Blanca, sin éxitos diplomáticos notables y con dos guerras en curso, en Iraq y Afganistán.
Obama reactivó luego esa polémica al anunciar el 1° de diciembre el envío de 30.000 soldados suplementarios a Afganistán para “terminar el trabajo”.
Dos de cada tres estadounidenses consideran que Obama no merece el Nobel de la paz, según un sondeo divulgado esta semana.
El presidente del Comité Nobel noruego, Thorbjoern Jagland, había defendido la decisión de otorgar el premio a Obama menos de un año después de su investidura.
“Muchos son los que opinan que el Premio llega demasiado pronto”, reconoció. “Pero la historia está llena de ocasiones perdidas. Es ahora, hoy, cuando tenemos la ocasión de apoyar las ideas del presidente Obama”, aseguró Jagland, precisando que el premio era “un llamado a la acción para todos nosotros”.
La llegada al poder de Obama fue considerada como un giro en la política exterior estadounidense, después de ocho años de la gestión presidencial de George W. Bush, denunciada por su unilateralismo.