
Washington DC. La espera en filas de varias cuadras para pasar chequeos de seguridad, no sentir los dedos de los pies por el frío de estar varias horas en temperaturas bajo cero y hasta el no poder salir de un vagón de tren porque la estación está tan llena que no cabe ni una persona más son cosas fáciles de imaginar.
Todo eso y más pasó ayer en Washington D. C., pero lo que había que estar aquí para ver y sentir fue el espíritu de emoción y unidad que sobrecogió a los casi dos millones de personas que vinieron a ser testigos de la juramentación del primer presidente negro de Estados Unidos y, sobre todo, “a ser parte de la historia”.
La frase se repetía por todos lados y no era un logotipo. Muchos, entre ellos africano-americanos que tuvieron abuelos esclavos, lo decían con lágrimas en los ojos. “No pensé que me pasara, pero lloré cuando (Obama) levantó la mano”, dijo Robert Howard, un pensionado que viajó desde Chicago.
Él logró escuchar el discurso en uno de los puntos más cercanos al Capitolio, pero la mayor parte de la multitud no tenía tiquete de acceso a esa zona y no les quedó otra que desafiar el frío de las primeras horas de la madrugada.
Llegaron en bicicletas, buses y carros a las zonas verdes que conectan los monumentos con el Capitolio. A más de un kilómetro de la ceremonia, su única posibilidad fue verla en las pantallas gigantes, pero eso no desanimó a nadie.
A las 4 a. m., cuando abrió el metro, los trenes salían repletos desde la primera estación y así estuvieron toda la mañana.
“¿Usted desde dónde vino?” y “¿Cómo consiguió tiquete?”, fueron preguntas que iniciaron muchas conversaciones, en los trenes y en las monumentales filas para los chequeos de seguridad. Todo el mundo quería saber de dónde venían los otros y compartir experiencias con ellos.
Conforme se acercaba la hora esperada, la seguridad empezó a ser más estricta en el área de asientos alrededor del Capitolio. “Siéntese en el suelo o váyase para atrás”, ordenaba un policía a quienes se desacomodaban para tomar una foto o saludar a alguien.
El reconocido general Wesley Clark, quien dirigió las fuerzas aliadas de la OTAN en la guerra de Kósovo, fue uno de los que recibió la orden del policía, la acató tranquilamente y volvió a su asiento.
No por ello dejó de reinar un ambiente de espontaneidad. Cuando el presentador de la ceremonia dijo: “Damas y caballeros, por favor tomen asiento”, miles que estaban en la zona sin sillas soltaron –en coro– una risa burlona.
También se divirtieron con los personajes que asistieron. Bruce Springsteen provocó que más de uno se convirtiera en paparazi improvisado, cuando pasó caminando rápidamente entre la gente hacia su asiento.
El saliente George W. Bush fue muy abucheado, y Bill y Hillary Clinton, Al Gore y Jimmy Carter, muy aplaudidos.
Cuando el nuevo presidente dijo: “Que Dios me ayude”, llanto, brincos, risas y aplausos se deslizaron como ola sobre el mar de gente, que al final fue acompañada por el sol, no la nieve que se esperaba.