
Bruselas. AFP La Unión Europea (UE), que hace un año superaba al fin una difícil carrera de obstáculos para aprobar el Tratado de Lisboa, se lanzó hoy en una aventura de arriesgadas consecuencias al prever un cambio de su texto fundamental que requerirá la unanimidad de sus 27 Estados miembros.
Para dotar a la eurozona de un mecanismo permanente y creíble que la proteja de futuras crisis económicas y de las turbulencias de los mercados, los líderes de la UE acordaron en la madrugada de hoy en una cumbre en Bruselas un cambio limitado del Tratado de Lisboa.
“El euro sale fortalecido”, se felicitó la canciller alemana, Angela Merkel, que convenció a todos sus socios sobre la necesidad jurídica de modificar un texto que costó una década de negociaciones sacar adelante.
Con el cambio, la UE dará luz a un fondo de apoyo permanente para los países en riesgo de quiebra en la eurozona, garantizando que el Tribunal Constitucional alemán no vete el proyecto, ya que el texto actual no permite a un miembro ser rescatado financieramente por sus socios.
Alemania será el primer contribuyente de ese mecanismo, creado en un primer lugar por tres años tras la crisis de la deuda griega que agitó las bases de la zona euro durante la pasada primavera boreal.
Pero la pequeña modificación impuesta por Berlín corre el peligro de convertirse en un nuevo quebradero de cabeza para la UE.
El Tratado de Lisboa entró en vigor en diciembre del 2009, después de un lustro de complicaciones y pasos en falso, que empezó con el fracaso del texto predecesor, la Constitución Europea, rechazada por franceses y holandeses.
El proceso de ratificación de Lisboa en cada uno de los Estados miembros también fue arduo y estuvo a punto de no ver la luz en varias ocasiones: cuando los irlandeses dijeron 'no' en un primer referendum o el presidente checo, Vaclav Klaus, amagó con oponerse y dar al traste con todo el proceso.
“En esta ocasión, no se trata de reabrir el tratado ni relanzar los debates institucionales”, prometió el presidente europeo, Herman Van Rompuy, encargado de iniciar consultas de cara a la modificación del tratado, prevista a más tardar a mediados del 2013.
Los dirigentes europeos confían en adoptar un procedimiento simplificado para ratificar este cambio, evitando, por ejemplo, implicar al Parlamento Europeo y atajando el riesgo de reabrir nuevos capítulos.
Pero, en cualquier caso, los 27 deberán obtener el apoyo de sus parlamentos nacionales y está por verse si, jurídicamente, alguno de ellos deberá convocar un referendum.
“Es demasiado pronto para determinar si será necesaria una consulta popular en Irlanda”, previno el primer ministro, Brian Cowen.
Antes incluso de lanzar el proceso, ya hay divergencias sobre cómo formular la cláusula que permitirá poner en marcha el fondo de rescate: “Hay tantas opiniones sobre la mesa como Estados miembros de la UE”, comentó un alto funcionario europeo.
“Un cambio limitado, sí, pero sabemos muy bien que cualquier (proceso) de cambio del tratado no será limitado, ya que algunos países podrían aprovechar la ocasión para presentar sus propias reivindicaciones”, advirtió una segunda fuente europea.
“Varias delegaciones llegaron con su propia lista”, agregaron las fuentes. El primer ministro británico, David Cameron, que acaba de aprobar un draconiano plan nacional de austeridad, exigió, por ejemplo, limitar el alza del presupuesto de la UE para el 2011, a cambio de apoyar una modificación del tratado.
El ministro luxemburgués de Asuntos Exteriores, Jean Asselborn, advirtió antes de la cumbre que embarcarse en una nueva aventura de ratificaciones menos de un año después de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa corre el riesgo de suscitar la incomprensión de los ciudadanos europeos.