Esto es el imperio del caos, me dije entre frustrado y atónito.
"Cierre los ojos, rece y camine", me balbuceó en inglés un sonriente egipcio que fácilmente captó mi indecisión.
Pensé en Julio César antes de cruzar el Eúfrates e iniciar la conquista de las Galias... así que vi. Fui y di el primer paso. Retrocedí. Esquivé. Caminé, salté, corrí, me gritaron, pitaron y amenazaron, pero, finalmente, vencí.
Obviamente, ni gloria ni reto se comparan a los del genio militar romano, pero me sentí satisfecho. Todo lo que hice fue cruzar una amplia calle en el Cairo, pero conseguirlo sin rasguños es toda una aventura (más que en Roma, México D.F. y, claro, San José) en una ciudad y país donde no se respeta semáforos ni personas y el desorden prevalece a todo nivel.
Y es que Egipto, a pesar de tener más años de historia que muchos países desarrollados juntos, se ha quedado en el pasado, pareciendo rendir homenaje a sus milenarias construcciones y evitando mayormente evolucionar hacia los parámetros occidentales de calidad de vida.
Desde su frontera norte con Israel, bordeando el Nilo y pasando por sus principales ciudades hasta y después del Cairo, agricultores viviendo en humildes casas de barro, edificios polvorientos con techos derruidos (mucho de Egipto parece una ciudad después de un bombardeo), conforman un paisaje aderezado de pobreza, roto únicamente por los grandes hoteles internacionales y los inmensos y -ahora sí- modernos edificios de las diversas fuerzas armadas (están obsesionados con la seguridad), omnipresentes en todo el país adicionalmente en forma de grandes murallas, torres y puestos de control.
Un panorama que a primera vista resulta entonces, si no desolador, por lo menos chocante con respecto a la expectativa de un país que precisamente por su antigüedad podría haber adelantado a otros en términos de evolución.
Pero luego, al cruzar calle tras calle, al ser objeto de una amabilidad solo alcanzable en países árabes, al ver que son generosos aunque tengan poco, al comprobar cómo son felices con su vida y sus limitaciones, se comienza a palpar a un pueblo que vive alegremente con lo que mejor conoce, asimilando del "primer mundo" solo aquello que se adapta a su sencilla forma de ser. (Es discutible qué pasaría si tuvieran acceso a algo mejor.)
Dispuesto a absorber esa mentalidad, fue cuando el desorden me comenzó a parecer más ordenado y la aparente pobreza (muy distinta a la latinoamericana), atractiva por auténtica. Sólo así, adaptándose y entendiendo, ve uno con otros ojos cómo pitar es su deporte nacional, y acepta de mejor grado a los insistentes vendedores que incluso con la excusa de dar una dirección procurarán llevarle a su tienda, o la basura y suciedad por doquier. Si a esto le sumamos estar en un país que en Giza, Lúxor o Abu Simbel gracias al ego y los deseos de inmortalidad de los faraones- permite admirar extasiados espectaculares y radiantes pirámides, esfinges, templos y tumbas que te remontan cinco mil años atrás y te recuerdan que sólo eres una fracción de la historia; el resultado final es una mezcla fascinante que inadvertidamente te cautiva y envuelve.
Es cuando te das cuenta de que has sido seducido por el caos.