AFP. 24 enero

Cox’s Bazar, Bangladés. Bloqueados entre una alambrada de espino de un lado y soldados bangladesíes de otro, casi 6.000 rohinyás viven con la angustia de que los envíen de nuevo a Birmania, donde fueron víctimas de limpieza étnica.

Bangladés y Birmania firmaron en noviembre un acuerdo sobre el regreso de los refugiados rohinyás pero todavía no se ha aplicado. El programa puede afectar a alrededor de 750.000 personas.

“No iré de ninguna manera. ¿Por qué no nos matan aquí? Preferiría eso a que me enviaran allí de nuevo”, afirma Husne Ara, de 26 años y madre de cinco hijos.

Musulmanes rohinyás descansan después de llegar al campamento de refugiados de Balukhali a 50 kilómetros de Cox's Bazar, Bangladesh, el miércoles 24 de enero de 2018. Los rohinyás que huyeron de la persecución en Birmania dicen que algunos de ellos habían regresado a sus hogares varias veces en las últimas décadas y que no están de humor para repatriarse nuevamente.
Musulmanes rohinyás descansan después de llegar al campamento de refugiados de Balukhali a 50 kilómetros de Cox's Bazar, Bangladesh, el miércoles 24 de enero de 2018. Los rohinyás que huyeron de la persecución en Birmania dicen que algunos de ellos habían regresado a sus hogares varias veces en las últimas décadas y que no están de humor para repatriarse nuevamente.

Esta rohinyá afirma haber perdido a su marido y a dos de sus hijos en la espiral de violencia en el oeste de Birmania, que la ONU califica de limpieza étnica a manos del ejército.

“Si Bangladés no nos quiere, no quiere asumirnos, entonces mátennos. Pero no quiero volver (a Birmania) después de lo que hicieron”.

Al igual que esta mujer, los refugiados, que viven en condiciones míseras resguardándose bajo lonas y bambúes en una zona que no pertenece oficialmente ni a Bangladés ni a Birmania forman parte de los primeros en huir a finales de agosto a territorio bangladesí

Este país pobre del sur de Asia intentó inicialmente cerrar sus fronteras por lo que los primeros en llegar debieron instalarse en este ‘no man’s land’. Finalmente, ante la avalancha de gente, Bangladés acabó abriendo sus puertas y acogió en escasos meses a 690.000 rohinyás.

Un asentamiento rohinyá cerca de la zona de
Un asentamiento rohinyá cerca de la zona de "tierra de nadie" entre Birmania y Bangladés en Tombru, en el distrito Bandarban de Bangladés, el 23 de enero de 2018. Con una valla de alambre de púas en un lado y un arroyo putrefacto en el otro, 6.000 musulmanes rohinyá varados en una franja de tierra entre Bangladés y Birmania ansiosamente esperan para ver si serán enviados de regreso a hogares a los que pocos quieren regresar.

Los habitantes de Konarpara están especialmente afectados por el programa de repatriaciones: responsables de Bangladés hablan de la posibilidad de reenviarlos a ellos a Birmania en primer lugar.

Una perspectiva que aterra a Abul Naser, un rohinyá de 45 años, quien afirma que se siguen escuchando tiros y viendo la humareda de los incendios en Birmania.

”¿Cómo pueden hablar de enviarnos para allá? No nos iremos. Ni los primeros ni los últimos” dice a la AFP.

Organizaciones internacionales y no gubernamentales han emitido serias reservas sobre el programa de retornos. Human Rights Watch estima que los campos de tránsito previstos para los rohinyás en Birmania son de hecho “prisiones a cielo abierto”.

Según los plazos previstos por el acuerdo, las primeras repatriaciones deberían haberse producido esta semana, pero fueron postergadas hasta nuevo aviso.

Birmania acusó a Bangladés por este retraso, pues se declaró “totalmente lista” para recibir a los rohinyás, una comunidad musulmana considerada paria en este país, donde el 90% de la población es budista.

“Propaganda”, replica un alto responsable del gobierno de Bangladés, que requiere el anonimato. Según esta fuente, Birmania sigue sin tener las infraestructuras necesarias para acoger a los rohinyás.

Un niño rohinyá se esconde detrás de un cartel mientras observa cómo se descarga material de ayuda en un centro de distribución en el campo de refugiados de Balukhali a 50 kilómetros de Cox's Bazar, Bangladesh, el martes 23 de enero de 2018.
Un niño rohinyá se esconde detrás de un cartel mientras observa cómo se descarga material de ayuda en un centro de distribución en el campo de refugiados de Balukhali a 50 kilómetros de Cox's Bazar, Bangladesh, el martes 23 de enero de 2018.

Según este responsable, Birmania debe informar a Bangladés de su plan de relocalizaciones, pero “este proceso ni siquiera ha sido iniciado”.

Si los pueblos rohinyás que han sido quemados en la campaña militar no han sido reconstruidos ”¿donde van a vivir? La gente no va a vivir en campos. Birmania no dice nada ante estos interrogantes. Sólo hace propaganda mentirosa” añade esta fuente.

Varios observadores consideran que las condiciones no están reunidas para que se resuelvan las tensiones en el estado birmano de Rakáin, donde viven numerosos rohinyás, y piden que las repatriaciones se hagan únicamente en base a decisiones voluntarias.

Ya ha habido en las tres últimas décadas varios programas de retorno desde Bangladés a Birmania, pero ello no ha impedido el ciclo de violencias y de éxodo, que sin embargo esta vez ha alcanzado una magnitud sin precedentes.