Armando Mayorga. 6 mayo
6 de mayo de 1937: la explosión en la base naval Lakehurst, Nueva Jersey. Foto AP
6 de mayo de 1937: la explosión en la base naval Lakehurst, Nueva Jersey. Foto AP

“Explota en llamas! Explota en llamas y está cayendo, se está chocando”.

Con este dramatismo transmitió el reportero estadounidense Herbert Morrison , la tarde del 6 de mayo de 1937, el trágico final del dirigible alemán Hindenburg, el cual explotó cuando estaba a punto de atracar en Nueva Jersey, Estados Unidos.

Era el dirigible más grande jamás construido, junto a su gemelo el Graf Zeppelin II, y un gran logro técnico del régimen de Adolfo Hitler, que se venía abajo ante los ojos del mundo entero.

“¡Oh, humanidad! El futuro está ardiendo en llamas”, describió Morrison a través de la emisora de radio WLS de Chicago.

El periodista contaba con 32 años en ese entonces y su narración hizo historia.

"Explota en llamas! Explota en llamas y está cayendo, está chocando… ¡Quítense de en medio, quítense de en medio!

"¡Graba esto, Charlie (Charlie Nehlsen, el ingeniero de sonido que le acompañaba), graba esto, Charlie!. ¡Está ardiendo y está chocando!. ¡Está chocando, terrible!.

"¡Oh, mi …! ¡Quítense de en medio, por favor!. ¡Está ardiendo, explotando en llamas y está cayendo sobre el mástil de amarre, y la gente alrededor!. Oh, esto es terrible. ¡Esto es una de las peores catástrofes en el mundo!. ¡Oh, Jesús mío!…

"Oh, entre 400 y 500 pies de alto (entre 120 y 150 metros). Es una caída terrible, señoras y señores, hay humo y está en llamas, ahora, y la estructura está cayendo al suelo, no muy lejos del mástil de amarre.

“¡Oh, la humanidad, y todos los pasajeros gritando alrededor! No puedo hablarle a la gente… no puedo, señoras y señores. Escúchenme, voy a tener que parar durante un minuto porque esto es lo… lo peor que he visto nunca”.

Hace 83 años, a bordo de ese gigantesco dirigible, iban 97 personas que estaban listas para desembarcar en Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey.

Gigantesco porque medía 245 metros de largo y tenía 41 metros de diámetro. Es decir, tres campos de fútbol a lo largo y 16 pisos de alto.

La nave había esperado varias horas para atracar debido al mal tiempo, pero el capitán, presionado porque esa misma noche estaba previsto el viaje de regreso hacia Alemania, tomó la precipitada decisión de atracar.

Los 248 obreros en tierra a cargo atar la nave al mástil solo observaron una chispa en la parte trasera del zeppelin. No hubo tiempo de reacción.

En 40 segundos se consumió en fuego. De las 97 personas a bordo, murieron 35, algunas, quemadas, otras porque se lanzaron y unas porque les cayó encima la estructura.

El estallido se dio a unos 20 metros de altura y a 100 metros del mástil de amarre.

“Mi madre me lanzó a tierra”

Werner Doehner fue el último sobreviviente. Él falleció el 8 de noviembre del 2019, pero en 2017 contó cómo su padre y su hermana murieron ese día.

La familia Doehner regresaba de vacaciones en Alemania. Eran papá, mamá y tres hijos (dos de ellos varones).

Werner Doehner fue el último sobreviviente. Falleció en 2019.
Werner Doehner fue el último sobreviviente. Falleció en 2019.

El plan era llegar a Nueva Jersey, allí tomar un tren a la vecina Nueva York, desde donde viajarían a la Ciudad de México, donde el padre de Doehner era ejecutivo de una empresa farmacéutica.

Para el viaje, la madre había comprado algunos juegos para que se entretuviesen. Visitaron la cabina de control y las plataformas suspendidas adentro del dirigible. Recuerda que pudieron ver una masa de hielo mientras cruzaban el Atlántico.

Cuando estaban por atracar en Nueva Jersey, recordó la explosión. En cuestión de segundos se expandió el fuego y se generó un infierno. La parte delantera de elevó y la trasera cayó.

“De repente había llamas en el aire”, contó Doehner en una entrevista telefónica a la agencia AP desde su casa en Colorado.

“Estábamos junto a una ventana. Mi madre tomó a mi hermano y lo arrojó hacia afuera. Luego me agarró a mí. Caímos hacia atrás, pero también pudo tirarme afuera”, agrega. “Luego trató de sacar a mi hermana, pero era demasiado pesada. Ya estábamos muy cerca de la tierra y mi madre decidió entonces saltar” .

La madre se fracturó la cadera.

“La recuerdo tirada en el piso. Mi hermano me dijo que me levantara y que nos fuéramos de allí” , dijo Doehner.

La madre se les unió poco después y pidió a alguien que sacara a su hermana. Esa persona la sacó entre los restos de la nave en llamas.

Un autobús llevó a los sobrevivientes a una enfermería, donde una enfermera le dio a Doehner una aguja para que se reventara las ampollas.

De allí la familia fue trasladada a un hospital de Point Pleasant.

Doehner sufrió quemaduras en el rostro, las manos y la pierna derecha. Su madre tuvo quemaduras en el rostro, las piernas y las manos, y su hermano en la cara y la mano derecha.

La hermana falleció en la mañana.

Doehner permaneció en el hospital tres meses, al cabo de los cuales fue llevado a un hospital de Nueva York para ser sometido a operaciones. Lo dieron de alta en enero y para entonces el muchacho ya había aprendido a hablar algo de inglés.

La familia regresó a la Ciudad de México, donde se hicieron los funerales del padre y la hermana de Doehner.

6 de mayo de 1937. Los últimos segundos del dirigible.
6 de mayo de 1937. Los últimos segundos del dirigible.

Una investigación determinó que el accidente fue causado por una fuga del hidrógeno que mantenía el dirigible a flote. Al entrar en contacto con el aire se produjo un fuego.

Casi nuevo

El Hindenburg fue construido en 1935 por la empresa alemana Luftschiffbau Zeppelín. Con este modelo, pretendían revolucionar la aviación comercial pues podía desplazarse hasta 130 km/h.

Sus argumentos tenían: el Hindenburg podía cruzar el Atlántico en pocos días –la alternativa era tardar hasta una semana atravesando el océano en barco–; era lujoso y práctico, y se convirtió en el orgullo del régimen nazi.

El comedor y sala de estar del Hindenburg, con sus ventanales para mirar a tierra.
El comedor y sala de estar del Hindenburg, con sus ventanales para mirar a tierra.

“Hitler utilizó el Hindenburg para sus exhibiciones de poder, incluso lo hizo aparecer en los multitudinarios congresos del partido en Nuremberg”, contó el historiador Jesús Hernández al diario español ABC .

Existen teorías de que fue precisamente el nazismo la génesis de su destrucción.

El dirigible estaba diseñado para funcionar a base de helio, cuyas reservas estaban controladas por Estados Unidos; la desconfianza del régimen negó el acceso al helio y obligó a los alemanes a utilizar hidrógeno, material mucho más inflamable.

¿Cómo era por dentro?

Un reportaje de BBC Mundo, publicado el 4 de marzo del 2016 por el periodista Jonathan Glancey, describe cómo era este dirigible.

“El Hindenburg tenía, además de 25 cabinas con doble litera, un restaurante, un salón, un bar de cocteles, y, quizá lo más sorprendente, una sala de fumadores. Esta última estaba sellada y presurizada por razones de seguridad. Los muebles y los accesorios eran los más ligeros posibles: sillas de comedor de aluminio tubular, lavabos de plástico blanco, paredes de espuma cubiertas de tela”, dice el artículo.

Todo fue concebido por el extravagante arquitecto Fritz August Breuhaus de Groot, conocido por haber diseñado el interior de varios trasatlánticos y las casas de las estrellas de cine alemanas.

Cabina de mando del Hindenburg.
Cabina de mando del Hindenburg.

Las paredes estaban cubiertas de seda pintada, en la que se reproducían los grandes viajes de la historia, las aventuras del Graf Zeppelin o el caprichoso alojamiento de unas vacaciones exóticas. No por nada se denominaba al Hindenburg “el hotel del cielo”, dijo el periodista de BBC Mundo.

Desde el punto de vista técnico, el Hindenburg también tenía un diseño avanzado.

"Su estructura de anillos y puntales de duraluminio ligero estaba recubierta de pintura protectora de un color azul brillante. Su superficie de algodón estaba impregnada de polvo de aluminio, para repeler los rayos ultravioleta.

"Era lo que hacía brillar al aparato. Además, estaba equipado con una versión temprana del piloto automático. Y podía transportar carga pesada, desde correo y equipaje, hasta los vehículos de los pasajeros.

“Y cuatro empleados eran los encargados de cuidarlos, uno por motor. El trabajo de estos incluía caminar fuera del casco, sobre pequeñas pasarelas de aluminio a la intemperie, con un ruido ensordecedor, lejos de la vista de aquellos que bebían cocteles en el bien surtido bar”, puntualizó Jonathan Glancey.