
José Luis Vázques, un jóven de 22 años, está recluido en la Penitenciaría Nacional de Támara, 22 km al norte de Tegucigalpa, por sospechas de pertenecer a una pandilla, pese a que asegura que nunca ha sido pandillero y que fue capturado por un tatuaje que se hizo durante una borrachera con amigos.
“A mí me bajaron de un bus, venía del trabajo a dejarle un dinero a mi esposa, pero en el operativo me quitaron la camisa y como me vieron el tatuaje me llevaron”, relató el joven.
Vásquez aseguró que trabaja recolectando latas y envases de plástico para vender a personas que llegan a comprárselos para reciclarlos, en la marginal colonia Ulloa, norte de Tegucigalpa.
Vásquez y los otros jóvenes fueron capturados en uno de los despliegues de policías y efectivos del ejército ordenados por el presidente, Ricardo Maduro, luego de la aprobación, en agosto pasado, de una reforma al Código Penal, que condena hasta con 12 años de cárcel a los jóvenes que integren pandillas juveniles.
Otros jóvenes, que están junto con Vásquez en celdas de la PolicÍa Nacional (PN), aseguraron lo mismo: que fueron llevados por las autoridades por tener tatuajes en su cuerpo.
Errores
Los jóvenes destacaron que las autoridades han admitido en forma tácita que se equivocaron con ellos porque los tienen recluidos en áreas de la prisión donde están los “peseteados”.
En la PN hay miembros de la “maras” M-18 y Salvatrucha (MS) ya rehabilitados a los que llaman “peseteados”, tras convertirse al evangelio en iglesias cristianas. También hay otros que siguen “firmes” dentro de las pandillas.
El pabellón de bloques de concreto donde permanecen los “firmes” (delincuentes) está amurallado con puertas de planchas de metal; allí los jóvenes, tatuados y con la cabeza rapada, están bajo custodia de una docena de guardias con sus fusiles listos para disparar ante cualquier intento de rebelión.
“A mí me fueron a sacar de la Colonia 3 de Mayo (noroeste de Tegucigalpa); yo sí pertenecí a la M-18, pero me salí y tenía como un año de no salir de la casa porque si salgo me matan”, afirmó Jimmy Edgardo Sánchez, de 20 años, mostrando un tatuaje de esa pandilla, pero tachado con rayas.
Uno de los jóvenes, Marco Antonio Orellana (23), admitió que tenía amigos en la Mara-18, y por no querer integrarse a la pandilla lo amenazaban con matarlo, pero fue arrestado por las autoridades en uno de los operativos desarrollados en la colonia Planeta de la ciudad de San Pedro Sula.
“Me agarraron y dijeron que estaba cobrando impuesto de guerra, pero yo no tengo que ver en eso... todo fue por el tatuaje”, afirmó Orellana en alusión a cobros que acostumbran a hacer los miembros de las “maras” a las personas que llegan a los territorios que controlan en áreas marginales de las ciudades.