
Una lluvia intensa cayó ayer sobre Granada, agravando aún más la miseria de millares de habitantes de su capital, necesitados de agua, alimentos y refugio tras el paso devastador de Iván por esta isla antillana.
“No tengo nadie que me ayude”, dijo la residente local Verna Alfred, de 53 años, mientras se protegía de los elementos bajo las ruinas de su vivienda con varios nietos y un vecino.
Los feroces vientos que azotaron Granada el martes desprendieron la mayoría de los tejados y ocasionaron una fuerte crisis en la isla, donde más de la mitad de sus 100.000 habitantes quedaron desamparados.
El paso de Iván dejó un saldo de por lo menos 34 muertos y más de 500 heridos, que son ahora tratados en hospitales donde escasean los abastecimientos médicos.
En las últimas 24 horas, la abuela Alfred solo ha comido algunas galletas con queso traídos por sus amistades, según dijo. “No es alimento suficiente”, lamentó.
En la sala de una vivienda cercana, apenas unas pocas vigas obstruían la vista del cielo nocturno.
“Todo el mundo duerme en el piso”, dijo Lera Williams, de 38 años, una desempleada que pasó la noche en la casa de su novio con otras personas, tras perder su casa y sus pertenencias. “No tengo nada que ponerme. Todo voló”.
Sin luz ni agua
Muchos sectores están completamente oscuros durante la noche. Unos pocos residentes utilizan lámparas de aceite o cirios para alumbrarse. Algunos fuegos iluminan la noche en las laderas de las colinas distantes.
En la mañana de ayer, algunos tomaban agua de charcos creados por la inundación. Un hombre abrió un coco para beber su agua. Otros se bañaban con agua de una cañería rota.
Si bien ha llegado alguna ayuda, la mayoría de los residentes niega haberla visto.
Tras un frenesí de saqueos, tropas de Antigua y Trinidad patrullaban ayer las calles de la capital, St. Georges, portando fusiles de asalto. Otras tropas del Caribe paraban automóviles en puntos de control y ponían en vigor un toque de queda que se extendía desde el atardecer hasta el amanecer.