Yaser Arafat, que triunfantemente puso a su pueblo en los reflectores del mundo pero no logró obtener un territorio para Palestina, la lucha de toda su vida, murió anoche en París, a los 75 años de edad.
Fue el fin para un hombre lleno de misterios y paradojas, pues fue considerado terrorista, estadista, autócrata y hombre de paz.
“Arafat murió en el hospital militar Percy, en Clamart, el 11 de noviembre del 2004, a las 3:30 (8:30 p. m. en Costa Rica)”, dijo Christian Estripeau, médico jefe del hospital militar en que estaba internado el dirigente.
Él pasó sus últimos días en coma en ese centro médico en las afueras de París.
Los últimos días fueron tan dramáticos como su vida. Fue trasladado a Francia en avión el 29 de octubre después de casi tres años de estar recluido en su cuartel de Cisjordania por tanques israelíes. Tuvo una mejoría inicial, pero repentinamente se deterioró mientras circulaban los rumores sobre su enfermedad.
Importantes funcionarios palestinos volaron a Francia para verificar el estado del líder mientras la esposa de Arafat, Suha, de 41 años, los acusó públicamente de intentar usurpar sus poderes.
El hecho de que Arafat no hubiera preparado a un sucesor complicó su muerte, incrementando el peligro de un conflicto entre facciones palestinas.
Al igual que su eterna imagen con su keffiyé a cuadros que le cubría la cabeza, él mantuvo la causa palestina en el centro del conflicto árabe israelí.
Sin embargo, no pudo lograr el nacimiento de un Estado palestino y al igual que otros dirigentes seculares árabes de su tiempo, vio como su influencia disminuía ante el crecimiento de los extremistas islámicos en los últimos años.
Amado por su propio pueblo, Arafat era odiado por los demás. Fue acusado de haber fomentado secretamente atentados contra los israelíes mientras proclamaba la hermandad y aseguraba que había controlado a los terroristas.
Muchos israelíes consideran que el objetivo de este diminuto palestino, de 1,57 metros de estatura, seguía siendo la destrucción del estado judío.