Riad. DPA. El rey Fahd de Arabia Saudí fue un monarca oriental a la vieja usanza. Democracia y finanzas públicas transparentes en el país con las mayores reservas petroleras del mundo le parecieron siempre tonterías modernas de Occidente.
Gobernó el reino islámico junto a sus hermanos como si el país fuera empresa familiar.
Sin embargo, dentro de la familia real Fahd era considerado liberal. Su decisión de permitir la presencia de tropas estadounidenses en 1990 para lanzar la expulsión de Sadam Husein de Kuwait lo hicieron enemigo de muchos islamistas.
Para ellos, el rey, que en 1986 se agregó el título de "Defensor de los Lugares Santos" musulmanes en La Meca y Medina, no tenía derecho a autorizar el ingreso de tropas "infieles" en el país de origen del islam. La decisión despertó también diferencias en la familia real saudí.
En España, el rey Fahd estaba acostumbrado a llamar la atención cuando, seguido de una numerosa corte, visitaba la fastuosa mansión que poseía en Marbella. El rey y sus acompañantes gastaban millones.
En una legendaria ocasión, 300 carrozas plateadas fueron alquiladas en el sur de España para una "excursión familiar".
Pero durante su reinado también aumentó la inversión en educación. Muchos saudíes que hoy pertenecen a la élite económica fueron enviados a estudiar a EE. UU.
Cuando ocupó el trono, Fahd ya tenía experiencia en la política. Había sido ministro de Educación y del Interior. Era uno de 45 hijos del rey Abdelaziz Ibn.
Entre las dificultades que debió enfrentar durante su reinado estuvo el levantamiento de fundamentalistas islámicos en La Meca, en 1979. Se quejaban del desenfrenado ritmo de vida de los príncipes. Tomaron rehenes y tardaron dos semanas en ser doblegados.
En 1987, La Meca fue otra vez escenario de violencia, entre peregrinos iraníes y las fuerzas de seguridad saudíes.