
«Las imágenes congelan un instante que sintetiza la fuerza de la naturaleza y sus ciclos vitales imponiéndose sobre una población atemorizada».
Inés del Pino
La historia de los terremotos históricos en Costa Rica no puede reducirse al estudio de los procesos geológicos o de los daños materiales ocasionados por los movimientos sísmicos. Como ha señalado el historiador Esteban Rodríguez Dobles (Catástrofes y mentalidades colectivas, 2005), las catástrofes constituyen escenarios privilegiados para observar las mentalidades colectivas, pues revelan los sistemas de creencias mediante los cuales las sociedades humanas interpretan acontecimientos que escapan a su control.
En este sentido, el terremoto de San Antolín (jueves 2 de septiembre de 1841) y el terremoto de Santa Mónica (miércoles 4 de mayo de 1910), evidencian la persistencia de un imaginario religioso que otorgó significado a la catástrofe y orientó las respuestas sociales frente a la destrucción.
El colorido dibujo de José María Figueroa Oreamuno (1820-1900) que representa la reacción de los habitantes de la ciudad de Cartago después del seísmo acaecido a las 6:30 de la mañana del 2 de septiembre de 1841, constituye una de las primeras representaciones visuales del desastre en Costa Rica. Más que reproducir de forma «fidedigna»el calamitoso suceso, Figueroa organizó una narrativa donde la dimensión espiritual adquiere centralidad.
La presencia de sacerdotes guiando las rogativas, los cuerpos de los individuos de todo el conjunto social postrados ante el Santísimo Sacramento y la imagen de la Virgen Reina de los Ángeles cubiertos por palio, y las expresiones de miedo colectivo, configuran un espacio ritual en el que la ciudad en tiempos de calamidad se transforma en un escenario sacralizado de penitencia pública.
La composición sintetiza una mentalidad característica del siglo XIX: el terremoto aparece como una manifestación del “enojo de Dios” que exige arrepentimiento, oración y restauración del orden moral.

Rodríguez Dobles ha demostrado que estas interpretaciones no respondían únicamente al discurso oficial de la Iglesia Católica, sino que formaba parte de un universo cultural compartido por amplios sectores de la población habitante del graven central costarricense.
La religiosidad popular funcionó como un mecanismo de explicación frente a desastres naturales cuya comprensión científica era aún limitada.
De esta forma la oración colectiva, las procesiones y la exposición de santos, cristos y vírgenes, constituían prácticas sociales destinadas a implorar protección divina para que los elementos se calmaran, como a reconstruir simbólicamente el tejido social fracturado por el desastre telúrico.
Las fotografías tomadas los días siguientes al terremoto del 4 de mayo de 1910, confirman la notable persistencia de estas mentalidades, aún a inicios del siglo XX. A pesar del avance de la sismología y de la consolidación del ideario liberal positivista, una fotografía inédita de la Colección Lara capta una improvisada capilla donde los feligreses permanecen de rodillas frente a un altar donde se encuentra la imagen venerada de la «Negrita», patrona de Costa Rica entera.
La composición fotográfica distingue dos regímenes de mirada: el studium, en los sujetos arrodillados cuyos cuerpos trazan una línea hacia el altar, reforzando la centralidad del culto mariano a la Virgen de los Ángeles; y el punctum, introducido por quienes –entre ellos los niños- rompen esa unidad al volver el rostro hacia la cámara del fotógrafo. La imagen registra así dos tiempos superpuestos: el del ritual y el de la fotografía misma.

Como han demostrado autores como Giovanni Peraldo, Benjamín Acevedo y Carmela Velásquez en sendos ensayos (Efemérides de la destrucción de laciudad de Cartago, 2010), el terremoto del 4 de mayo de 1910 en Cartago fue interpretado desde explicaciones científicas y religiosas, coexistencia que caracteriza buena parte de la cultura costarricense de inicios del siglo XX.
Desde la perspectiva de la cultura visual, ambas representaciones trascienden su condición documental. Siguiendo los planteamientos del historiador británico Peter Burke (Visto y no visto, 2001), las imágenes constituyen testimonios históricos que no solo reflejan cierta realidad, sino que participan activamente en la producción de significados.
El dibujo de Figueroa y la fotografía inédita de 1910 construyen un mismo relato visual: frente al colapso del espacio urbano emerge un nuevo centro simbólico organizado alrededor del culto religioso. La destrucción de una ciudad relativamente pequeña y que no se encontraba bien construida, encuentra su contraparte en la recomposición espiritual de la comunidad.
Esta continuidad resulta particularmente significativa. ¿Por qué? Entre ambos terremotos median casi siete décadas de transformaciones sociopolíticas, económicas, culturales e ideológicas; sin embargo, las imágenes visuales revelan la permanencia de repertorios simbólicos profundamente arraigados.

Como advierte la historiadora Ana Patricia Fumero (Cartago y sus terremotos, 2010), el Cartago republicano conservó una memoria religiosa del desastre que fortaleció determinadas devociones y consolidó prácticas colectivas de reparación simbólica y cultural. En consecuencia, la experiencia telúrica no solo modificó el espacio urbano, sino también la cultura visual mediante la cual la sociedad recordó e interpretó su propia fragilidad.
Las imágenes visuales constituyen, por tanto, fuentes privilegiadas para estudio de las mentalidades colectivas. Su valor no reside únicamente en mostrar lo ocurrido con algún detalle, sino en evidenciar las formas en que una determinada sociedad decidió representar el desastre.
La religiosidad popular aparece como un lenguaje visual capaz de transformar el miedo en esperanza, la ruina en memoria y la destrucción en experiencia compartida.
En este sentido, la cultura visual de los terremotos históricos permite comprender que los eventos catastróficos de origen telúrico son también construcciones culturales cuya interpretación depende de los imaginarios, las emociones y las creencias que cada sociedad moviliza frente a la contingencia.