Álvaro Murillo. 3 noviembre, 2006
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Managua. Un grupo de sandinistas bailaba canciones revolucionarias en un céntrico bar de esta ciudad, aún impulsados por la caravana sandinista que acababa de recorrer Managua.

Los 25 partidarios estaban solos el miércoles en la noche, dando rienda suelta a la pasión que se apodera de Nicaragua a pocas horas de las elecciones presidenciales. Entonaban coplas, lanzaban porras y gritaban cada rato “seis por ciento, seis por ciento”, en alusión al margen que necesitaría para ganar en primera vuelta su líder: Daniel Ortega Saavedra.

Este venerado dirigente, en su cuarto intento por volver al cargo que alcanzó en la insurrección de 1979, había pasado hacía una hora por la avenida Resistencia, pero en un tono muy diferente.

Ortega tiene ahora un patrimonio millonario, a pesar de haber trabajado solo como presidente hasta 1990 y como diputado hasta la fecha. Viste camisas blancas en lugar del uniforme verde olivo, conduce un Mercedes Benz del año y se aferra a su mensaje conciliatorio para tratar de materializar el domingo el liderato que le dan las encuestas.

Las banderas siguen siendo rojinegras, el discurso continúa atacando a Estados Unidos y se mantiene agradecido con las promesas de ayuda del presidente de Venezuela, Hugo Chaves.

Pero el FSLN usa también una bandera color “chicha”, la bebida nicaragüense teñida de tonos rosados, y las letras de las vallas que atiborran la ciudad recurren a la vaticana combinación de amarillo y blanco.

Con esa campaña edulcorada y millonaria, Ortega trata de neutralizar el sentimiento de “antidanielismo” que, para suerte del FSLN, se reparten los liberales Eduardo Montealegre (Alianza Liberal Nicaragüense) y José Rizo (Partido Liberal Constitucionalista).

Difícil. También cuenta Edmundo Jarquín (Movimiento Renovador Sandinista), que aglomera a miles de electores que se hacen llamar “verdaderos sandinistas”.

“Antes era más fácil, porque si uno no era seguidor de Daniel, pues votaba rojo (liberal) y ya está. Pero yo estoy indeciso, porque no quiero que vuelva el Frente y no sé a quién darle mi voto”, relató ayer Lísmer Obando, un taxista.

Esa disyuntiva sintetiza la de muchos de los 3.665.141 electores, que recuerdan a Ortega como el mandatario que los mandó a la guerra y adoptó políticas que sumieron a Nicaragua en la pobreza.

En su favor se resalta la reducción del analfabetismo, del 60% al 12%, y el establecimiento de atención sanitaria gratuita.

“Pedimos una oportunidad de gobernar en paz, porque si con guerra el FSLN dio educación, salud y trabajo, qué no podríamos hacer sin guerra”, repitió Ortega durante once semanas de campaña.

Ortega, como parte de su moderación, firmó esta semana compromisos con el sector empresarial para no adoptar políticas que los perjudique, a pesar de que el candidato ha expresado su intención de renegociar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

Dice que simpatiza más con la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA), idea del venezolano Chaves.