Timor Oriental, un pequeño territorio insular del Archipiélago Malayo (sureste de Asia), alcanzará su independencia el 20 de mayo. Será la culminación de una lucha sangrienta, primero contra el dominio colonial portugués y, a partir de diciembre de 1975, contra la ocupación neocolonial de los indonesios.
La elección el domingo anterior del exlíder guerrillero y héroe de la lucha emancipadora, Xanana Gusmao, completó el penúltimo paso del proceso que llevará a la fundación de un Estado nuevo y libre.
Esta tarea, que en la gran mayoría de los casos es muy difícil, por cuanto implica sentar las bases del desarrollo político, social y económico de un territorio, adquiere en Timor Oriental proporciones mayúsculas. Ello por cuanto a la explotación que lo sometió Lisboa durante 400 años, siguió la invasión de las tropas de Indonesia, que pretendió sofocar el sueño independentista apelando al empleo brutal de la fuerza, complementado con una política de aculturación forzosa.
Diversos informes coinciden en estimar que unas 200.000 personas fueron asesinadas durante ese período, que terminó en agosto de 1999, cuando un 80 por ciento de los timorenses orientales votó a favor de su autonomía. De inmediato, la ONU asumió la administración del territorio.
Esa ocupación también significó el exilio y la persecución política contra los partidarios de la independencia. Uno de ellos fue Xanana Gusmao.
Con la complicidad de las tropas del régimen del dictador Suharto, milicias proindonesias desataron una ola de violencia después de esa consulta. Por lo menos 600 personas murieron, el 70 por ciento de las casas, edificios públicos e infraestructura fueron destruidos, en tanto que una tercera parte de los campesinos perdió todos sus bienes.
Ese es el balance que hizo un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el cual fue emitido en enero del 2002.
Para unas 730.000 personas que viven en un territorio cuya extensión es similar a la de las provincias de Puntarenas y Cartago juntas, esa arremetida fue trágica pues la economía timorense depende casi exclusivamente de la agricultura.
La FAO emprendió programas para rehabilitar el sector y, como parte de ellos, la distribución de semillas de arroz, frijoles, maíz y hortalizas al menos consiguió impedir una mayor escasez de alimentos, si bien hubo necesidad de repartir comida.
Aparte de reconstruir la economía, Timor Oriental se enfrenta con el reto de crear un Estado nacional estable. La base será una Constitución que establece un régimen semipresidencial, la cual da potestades al presidente para vetar leyes y destituir al primer ministro.
Xanana Gusmao obtuvo el 82,69 por ciento de los votos, con lo que reafirmó un liderazgo indiscutible. Demostrar que puede guiar al nuevo país, sin caer en excesos de poder en que han incurrido otros dirigentes, es otra gran tarea.