
En marzo, a Yang Zhizhu lo despidieron como conferencista sobre derecho en Pekín por tener más de un hijo. El conocía el riesgo, pero quería vehementemente procrear un varón. Su historia no es rara en un país que, durante 30 años, ha dicho a las parejas que se conformen con un solo hijo y que ha empleado medidas draconianas para limitar los nacimientos.
Pero la rebelión de alto perfil de Yang ha ganado simpatías hasta en la prensa que controla el Estado.
Los retumbos del descontento por la política del hijo único se han vuelto cada vez más sonoros, alentados por el debate sobre si se necesita ahora que los primeros niños nacidos dentro de ella encaran la perspectiva de velar por un número de pensionados que va en constante aumento.
Un reporte emitido el mes pasado por la Academia China de Ciencias Sociales (ACCS), un importante centro de estudios gubernamental, dijo que los funcionarios estaban sobreestimando mucho la tasa de fertilidad (el número de niños que la mujer promedio puede tener en la vida). En vez de contener la tasa, sugiere el reporte, el gobierno debe tratar de levantarla.
Cuando Yang contó la difícil situación en su blog, el Beijing Times , un periódico controlado (en términos generales) por el Partido Comunista, le dio seguimiento a la historia. Citó a Yang cuando afirmó que su segundo hijo era “un regalo de Dios” y dijo que había ignorado a los funcionarios que querían el aborto del feto.
Southern Weekend reportó que el caso había provocado mayor atención que cualquier otro desde que se promulgó la política de un solo hijo. La revista Century Weekly dijo que los académicos y el público estaban de acuerdo en cuanto a que dar a luz es un “derecho básico” que no debe ser sujeto a forzadas imposiciones oficiales.
Southern Weekend ya había hecho suya la causa en marzo, al describir el hasta entonces poco publicitado caso de la comarca de Yicheng en la norteña provincia de Shanxi. Yicheng, dijo, había estad probando un política de dos niños durante 25 años. Pese a las regulaciones más relajadas, la comarca tiene una tasa de crecimiento de la población inferior al promedio.
También tiene un desequilibrio inferior al promedio entre varones y mujeres. En otros lugares, una preferencia tradicional por los varones, combinada con la política de un solo hijo, ha resultado en numerosos abortos de niñas.
En muchas otras áreas, ha estado surgiendo algo más parecido a la política de dos hijos. A los residentes rurales por lo general se les permite tener un segundo hijo si la primera es una niña (corrientemente después de un lapso de cuatro años).
Las minorías étnicas pueden tener más. Muchos lugares han empezado a permitir a los padres que no tienen hijos a que tengan dos. Un alto funcionario de planificación familiar dijo en el 2007 que en efecto la política del hijo único se aplicaba a menos del 40% de la población.
El gobierno, sin embargo, muestra poca inclinación a desecharla. Este 25 de setiembre se cumplirá el aniversario 30 de una “carta abierta” del partido que se ve a menudo como el punto de lanzamiento de la política. La carta hablaba de una estrategia de hijo único para entre 30 y 40 años, lo que alienta a algunos a esperar que pudiera terminar ya desde este año. En febrero, sin embargo, un funcionario expresó que se mantendría sin cambios por lo menos hasta el 2015.
A finales de mayo, circularon rumores de que planes para celebrar un censo nacional en noviembre podrían anunciar una amnistía para personas como Yang.
Una directriz policial decía que, como preparativo, los funcionarios tienen que dar a cada familia papeles de registro para niños nacidos en violación de las directivas de planificación familiar.
Normalmente, tales documentos se entregan a “niños negros”, como se conoce corrientemente a niños como el de Yang, solo mediante el pago de una gigantesca multa (o cuota, como dicen los funcionarios). En las ciudades se trata a menudo de entre cinco y diez veces el ingreso anual promedio.
Pero los funcionarios han estado tratando de acallar la especulación al decir que las “cuotas” todavía seguirán vigentes. Yan, quien se rehúsa a pagar, dice que tiene suerte de no vivir en el campo, donde los funcionarios de manera rutinaria confiscan la propiedad de aquellos que no tienen medios para hacer frente al cobro. Piensa que se sentirían demasiado avergonzados para hacerlo en su caso. El vive en una propiedad institucional de la Liga de la Juventud Comunista.
Algunos eruditos chinos argumentan que el gobierno corre el riesgo de exagerar las cosas. Dicen que la tasa de fertilidad del país bien podría ser en realidad mucho más baja de la cifra oficial de alrededor de 1,8. Este número se ha empleado durante más de una década (y por parte de organismos internacionales).
Sugiere una cómoda nivelación después de una marcada caída en la tasa en la década de 1970, cuando se introdujeron moderadas restricciones a los nacimientos.
El reciente reporte de la ACCS dijo que la tasa que se esperaría si a las mujeres se les permitiera tener tantos hijos como quisieran sería de 1,47. El gobierno usa la cifra más alta por la creencia de que los censos dejaban por fuera a muchos “niños negros”. Pero el reporte no concuerda con eso, al decir que una falta tan seria de reportes era improbable. Decía que los datos mostraban que la población migrante de 150 millones tiene una tasa de fertilidad de solo 1,14 (similar a la de los residentes urbanos registrados). Esto demuestra que no es cierta la imagen de los migrantes como grandes productores de hijos no autorizados. Zhang Juwei de la ACSS cree que la tasa de fertilidad general no es superior a 1,6.
China no puede evitar el problema de envejecimiento que se cierne sobre ella, pero estos cálculos de fertilidad inferior sugieren que el impacto podría ser mayor a aquel con que los funcionarios habían contado. El estudio de la ACSS pide un cambio “rápido” de la política para aumentar la tasa de fertilidad hasta alrededor del “nivel de reemplazo” de 2,1. El problema podría estribar en convencer a los chinos para que tengan más hijos.
En las ciudades y en las áreas rurales más ricas, los estudios han determinado que el número de bebés que las mujeres dijeron que en realidad querían tener produciría una tasa de fertilidad muy por debajo de 1,47. A Yang le gustaría tener más, pero para su esposa ya fue suficiente. El segundo bebé resultó ser una niña, por lo que el la llamó Ruonan, un homónimo de “como un muchacho”.
Traducción de Gerardo Chaves para La Nación