Muchos cristianos esperan el fin del mundo en el 2000 y lo enlazan con el supuesto caos de las computadoras que sobrevendría con el nuevo milenio, pero hay académicos e historiadores que sostienen que ese año tan esperado ya pasó.
Y el mundo sigue andando sin que se haya acabado, siquiera, la viejísima controversia sobre el calendario cristiano cuya precisión no es, por ahora, asunto de dogma. Es probable que, en realidad, estemos en el año 2002 o tal vez en el 2018.
El calendario que se ha adoptado como norma en el occidente cristiano se apoya en una tabla de fechas elaborada por el clérigo griego Dionysius Exiguu -o Dionisio el Pequeño-, quien vivió a comienzos del siglo VI en la antigua provincia de Escitia.
En el año 525, el papa Juan I le pidió a Dionisio que hiciera los cálculos para una cronología sobre la cual la Iglesia pudiera indicar a los fieles cuándo debían hacer penitencia el Viernes Santo, y cuándo podrían comer el banquete de Pascua de Resurrección.
Siete años después, Dionisio se presentó al Papa con su tabla de fechas, que resultó ser un ejemplo de los efectos del revisionismo histórico.
Para empezar, Dionisio utilizó el sistema romano para calcular la fecha del nacimiento de Jesús y decidió que "la encarnación de nuestro Salvador" había ocurrido un 25 de diciembre 753 años después de que se fundara la ciudad de Roma.
Para determinar cuántos años habían transcurrido desde la fundación de Roma hasta sus días, Dionisio aplicó un calendario que cubría los 19 años que van desde 228 a 247 a. C., según se contaba a partir del comienzo del reinado del emperador romano Diocleciano, en el 284.
Pero el devoto clérigo no quería perpetuar la memoria del emperador Diocleciano, un gobernante sabio y severo, quien fue promotor de la última gran persecución de los cristianos. Por ello, se "saltó" algunos años.
También se apoyó más en la tradición y la fe para calcular la fecha del nacimiento de Jesús.
La única referencia precisa en los Evangelios que la Iglesia acepta como ortodoxos aparece en la versión de Lucas y menciona la orden del emperador César Augusto para que toda la población del imperio se sometiera a un censo.
Según el evangelio de Lucas, el carpintero José llevó a su esposa María de Nazaret a Belén para registrarse en el censo de contribuyentes.
El problema es que el decreto imperial, que procuraba aumentar la recaudación de impuestos, fue emitido -en fechas del calendario que ahora usamos- siete años antes del año 0, es decir en el año 7 antes de Cristo.
Quizá la única aproximación científica al nacimiento, es el fenómeno de la estrella excepcional que guió a los tres sabios de oriente.