
Los restos del diplomático brasileño Sergio Vieira de Mello, representante de la ONU en Iraq, fueron enterrados ayer en Ginebra en una ceremonia en la que participaron amigos y familiares.
Vieira de Mello murió el 19 de agosto en un atentado suicida contra la sede del organismo en Bagdad.
El diplomático brasileño tuvo una agonía lenta bajo los escombros del edificio de la ONU atacado por terroristas que hicieron estallar un camión lleno de explosivos justo debajo de su oficina. Otras 22 personas murieron con él.
Sus últimas palabras fueron: “No permitan que retiren la misión (de la ONU en Bagdad)”, destacó Afsane Bassir Pour, periodista del diario francés Le Monde y vieja amiga que habló con colegas que trataron de salvarlo en vano.
En retrospectiva, surgen las interrogantes sobre la seguridad en las instalaciones de la ONU. Pero Vieira de Mello se había esforzado por marcar diferencias entre su misión y la de las tropas de EE. UU.
Y su filosofía fue clara: “Uno no desea parapetar a una organización humanitaria con armamento, de la misma manera que uno desea que las ambulancias sean vehículos blindados. Ciertas cosas son sagradas, y se supone que son respetadas por todas las partes beligerantes”.
En un artículo en el diario Wall Street Journal , el escritor William Shawcross recordó que Vieira era un tipo jovial, de vestir impecable, muy guapo y tenía una sonrisa con la que podría haber logrado miles de treguas en cada conflicto. Las mujeres lo adoraban. Los hombres lo admiraban, señaló.