Al analizar las causas de la ola de manifestaciones que sacude a los países árabes, Bourhane Ghalioune, director del Centro de Estudios Árabes de la Sorbona de París, destaca la existencia de una “élite corrupta, apoyada por los países occidentales”.
“Los dirigentes que se aferran al poder desde hace 30 años quieren que la sucesión vaya a su progenitura, lo que la población percibe como una provocación”, agrega Ghalioune, profesor de sociología política, de origen sirio.
Por ejemplo, en Siria, Bashar al Asad reemplazó a su padre fallecido en el año 2000 y Hosni Mubárak desea transmitir el poder a su hijo Gamal en Egipto.
“Las sociedades árabes estaban listas para explotar desde hacía años. Que la chispa haya saltado en Túnez y el fuego se haya extendido por Egipto es cosa del azar”, sostiene Paul Salem, director del Centro Carnegie para Oriente Medio, con sede en Beirut.
“Lo notable de esas revueltas es que las consignas que movilizan a miles de personas en Túnez y Egipto son los derechos humanos y civiles, la democracia social y la justicia económica”, agrega Salem.
“En los últimos 30 años, la única oposición verdadera a los regímenes autoritarios era el movimiento islámico, pero en realidad, los movimientos en Egipto y en Túnez lograron en pocas semanas lo que los partidos islámicos no lograron en décadas”, prosigue Salem.
“Eso prueba que la democracia tiene actualmente una resonancia más potente que el islamismo, el nacionalismo árabe o las ideas de izquierda”, concluyó.