Tagajo, Japón. AP Cerca del epicentro del terremoto en Japón y la posterior ola gigante, los trabajadores de un depósito recogieron esta semana latas de café y gaseosas para ofrecerlas gratuitamente a los peatones.
¡Tomen lo que necesiten!, ofrecían mientras apilaban una caja sobre otra en la acera. El supervisor Kazuyoshi Chiba explicó que las líneas telefónicas no funcionaban, de modo que no podían comunicarse con la compañía matriz. Pero “creo que esto es lo correcto”, expresó el funcionario.
Con la misma mezcla de tesón y resignación que permitió a Japón recobrarse de desastres anteriores, muchos supervivientes de la calamidad tratan con la mayor calma posible de ayudarse y ayudar a otros. Después de cuatro días, apenas se ven manifestaciones de indignación o frustración que suelen producirse en otros países.
La única excepción podría ser la planta nuclear de Fukushima, donde la posibilidad de escapes de radiación alarma a los residentes y causa algunas reacciones de enojo. Por lo demás, los sobrevivientes buscan a sus seres queridos desaparecidos, limpian las calles y aguardan pacientemente el despacho de gasolina, con pesar, sin duda, pero casi ni una sola queja.
Osamu Hayasaka era uno de los que recibieron bebidas gratis en Tagajo.
“Hay muchos ancianos cerca de donde vivo, y les daré una parte”, explicó el hombre de 61 años, amarrando dos cajas en su bicicleta.
En medio del caos, los periodistas extranjeros han atestiguado la conducta cortés y la actitud tolerante, así como la ausencia de saqueos que parecen caracterizar los desastres en otros sitios.