Ajsarbek Mamedaliev, de 51 años de edad, ha vivido toda su vida en Botlij, una pequeña comunidad al sur de Daguestán. Durante los últimos 15 días, su cotidianeidad se alteró drásticamente: dejó de lado sus ocupaciones diarias para dedicarse a proteger a su familia de los constantes bombardeos que asolan su pueblo.
"No deberían haber atacado Daguestán. Siempre los hemos ayudado", declaró mientras se dirigía a su casa, ahora convertida en refugio.
La evidente molestia de este hombre es contra los islamistas radicales, miembros de la secta wahabita, quienes el pasado siete de agosto emprendieron una cruzada militar para independizar a la República de Daguestán de la Federación de Rusia.
Los insurgentes pretenden lograr su propósito a toda costa, sin importar el precio que deban pagar. Ahí, no están exentos ni seguros Ajsarbek y su familia. El gobierno de Boris Yeltsin no está dispuesto, por su parte, a pagar un precio tan alto como el de 1996, cuando Chechenia se emancipó de la Federación mediante las armas.
De ocurrir la misma historia, la factura para Moscú sería muy costosa, por cuanto, otras naciones del Cáucaso buscarían su autonomía, indican expertos en política internacional.(nota aparte)
Pero, esta factura también se cobraría en varios ámbitos del Cáucaso. Desde el punto de vista comercial la cordillera encierra una riqueza inexorable: abundantes yacimientos de petróleo que se utilizan en la elaboración de combustibles y lubricantes, principal producto de exportación de la Federación.
Además, Daguestán se ubica cerca de los mares Caspio y Negro en los cuales se desarrolla una moderada actividad comercial. Y, desde el punto de vista geopolítico, el Cáucaso es una barrera natural que dificulta el acceso de musulmanes insurgentes procedentes de Turquía.
Sin embargo, los montes caucásicos no detuvieron el avance en Daguestán. Actualmente, los islamitas controlan ocho aldeas, y en todas, se registran cruentos enfrentamientos: mientras los rusos calculan en 600 el número de rebeldes muertos; estos, por su lado, estiman en 450 las bajas mortales en filas ruso-daguestanas.
El gobierno daguestaní rechazó la intervención de los rebeldes. Entre tanto, los dirigentes musulmanes del país calificaron de traidores a los insurgentes.
Dolorosa batalla
Los islamitas ortodoxos han pretendido por décadas implantar, con el derramiento de sangre, su fe y sus leyes (sharia), incluso por encima de los dos millones de habitantes de Daguestán, quienes - en su mayoría-comulgan con la doctrina musulmana sunita (moderada).
"Todos los musulmanes deben defender la verdadera fe", increpó Jatab, uno de los cabecillas rebeldes. No obstante, las voces en contra aumentan conforme avanzan los enfrentamientos. "Los wahabis están manchados de sangre y han mostrado su verdadero rostro", explicó Promujamad Jadyi, otro líder religioso.
El gobierno del presidente, Boris Yeltsin, anunció, por su parte, una fuerte ofensiva militar que, según expertos militares en Moscú, se extenderá durante seis meses.
"La preparación de las fuerzas federales es horriblemente lenta", afirmó el técnico militar, Alexandre Golts. Otros expertos consideran que el ejército quiere evitar una historia similar como la de Chechenia.
El mandatario sabe que no puede permitirse esta licencia a cuatro meses de que las elecciones parlamentarias. Su norte es ganar la mayoría en la Duma (Cámara de Diputados), actualmente en manos de los comunistas.
Pero, lo que más desvela a Yelstin son los comicios presidenciales de julio del 2000.
Estudiosos en el tema aseguran que Yeltsin necesita tener bajo control, cualquier situación tensa que dificulte la llegada de su sucesor -Vladimir Putin, primer ministro- al Kremlin.
Sus adversarios manifiestan que el presidente se encuentra en una coyuntura poco favorable.
"En 17 meses, Rusia ha tenido cinco primer ministros. Es un indicio de inestabilidad", señaló el líder del partido liberal.
Rusia no tiene aún la fórmula exacta para rescatar al Cáucaso de los dolorosos vericuetos en los que se encuentra, ni tampoco Ajsarbek, quien no sabe cuánto más soportará el fuego de las armas.