Clinton dispone como máximo de una semana para convencer al primer ministro israelí y al presidente palestino para acordar las grandes líneas de una solución definitiva al conflicto.
El presidente estadounidense tiene que abandonar su país el 19 de julio para participar en otra cumbre, la del G-8 (los siete países más industrializados del mundo y Rusia), que se celebrará en la ciudad japonesa de Okinawa.
El mandatario dudó durante varias semanas antes de convocar esta cumbre, deseada por Barak, pero temida por Arafat, por miedo a encontrarse en situación de debilidad.
El creciente resentimiento entre dirigentes israelíes y palestinos, frustrados por el estancamiento de las negociaciones a nivel de expertos, convenció a Clinton de la necesidad de una cumbre, pese al ambiente cada vez más tenso, cuando faltan dos meses para el plazo del 13 de septiembre, que fijaron ambas partes para encontrar una solución definitiva.
"Los riesgos de actuar son ahora menos grandes que los de no actuar", declaró hace unos días un alto cargo estadounidense.
Al anunciar la cumbre el pasado miércoles, Clinton afirmó que en Camp David pedirá a Barak y Arafat que asuman sus responsabilidades ante la Historia y que no dejen a Oriente Medio "derivar otra vez hacia la hostilidad, la amargura y más violencia (...) para volver a encontrarse frente a las mismas alternativas dentro de unos años".