San Salvador. ¿Es cierto que tembló?, le pregunté a la mujer a través de la ventana del carro. "Sí, fue fuerte", me respondió ella desde el frente de su casa.
Como muchos otros vecinos, estaba en la calle por si la tierra volvía a temblar. No quería entrar en su casa, que es como muchas, de adobe, con paredes de casi un metro de grosor y que por eso, cuando se caen, matan.
Yo iba en carro hacia San Vicente (este), uno de los pueblos más devastados por el terremoto del martes, y por eso no sentí el de ayer, a las 2:25 p. m., que volvió a poner en alerta al país.
La radio era la que daba reportes con sus corresponsales desde todo el país, sobre el movimiento.
Y la gente de la capital era la que hablaba de que había sido fuerte. Un hombre contaba que "fue rápido, pero fuerte".
Oír la radio es entrar en contacto con el temor, con el miedo que tiene la gente en este país luego de dos terremotos con tan solo un mes de diferencia y en fechas marcadas como de mala suerte (13 de enero y 13 de febrero).
El de ayer no tuvo mayor impacto material, pero sí emocional. En San Salvador solo se habla de eso y una expresión estaba en boca de todos por la tarde: "¡Es demasiado!".
Porque solo ayer, en 12 horas (de las 3 a. m. a las 2:25 p. m.) se habían producido nueve temblores entre los dos y 5,3 grados.
El mayor, precisamente, fue el de las 2:25 p. m. Y a las 6:17 p. m. se dio otro, el décimo, que yo sentí fuerte. Estaba sentado escribiendo esta crónica cuando la silla me estremeció hacia arriba.
Los sismólogos locales no logran dar una explicación clara o comprensible del porqué tanto sismo.
Pero, aunque existieran, la gente está con los pelos de punta.
Una mujer repetía: "Estoy enferma, estoy enferma, no puedo dormir con los retumbos". Yo tampoco puedo conciliar un buen sueño. Antenoche, por ejemplo, San Salvador fue estremecida, pasadas las 7 p. m., por dos sismos, uno de cinco grados. En el segundo piso del hotel donde estoy las paredes se estremecieron, las puertas y el ventanal vibraron fuerte yo me desequilibré un poco, pero no pasó a más.
Eso me puso en alerta por si algo pasaba. Dormí con los zapatos y la mochila al pie de la cama. En ella puse una botella de agua, ropa y dinero, y la tenía lista para salir corriendo, aunque no lo hice; pero tampoco pude dormir bien.