Víktor Chernomyrdin, el jefe del Gobierno ruso, tendrá que usar, esta vez, todas sus mañas, como las de un zorro viejo, para sobrevivir.
Y es que en esta ocasión, cuando le corresponde al político asumir, otra vez, la jefetura gubernamental (no la jefatura del Kremlin), tendrá que lidiar con un problema monumental. El caos político, económico, la zozobra y la presunta "desaparición" de Boris Yeltsin, que colocan a Chernomyrdin en la cuerda floja.
El veterano dirigente sustituyó a Serguéi Kiriyenko, destituido el domingo ante constantes yerros económicos y creciente desconfianza.
Como una misión imposible, si se quiere, se puede percibir la tarea del político, quien recientemente no ocultó sus sueños de ocupar el Kremlin para el año 2000.
Otros expertos opinan que la tarea de Chernomyrdin es suicida pues no se ve cómo logrará mejorar la situación de un pueblo golpeado por la pobreza y la desesperación. Y tiene que conseguirlo si quiere que los rusos lo apoyen dentro de dos años.
Pero el viejo zorro de la política rusa, fraguado tanto en la época de la burocracia soviética como en la del capitalismo que le siguió, está dispuesto a asumir los riesgos. Seguro de sí mismo, confía en que podrá frenar la crisis y suceder a Yeltsin en el Kremlin.