Thimbu. EFE. Bután, un remoto país del Himalaya inmerso en una lenta y peculiar transición democrática, entronizó ayer a su quinto rey, Jigme Khesar Namgyel Wangchuck, que con 28 años se ha convertido en el monarca más joven del mundo.
Con el canto de “sutras” o versículos budistas de fondo, el rey saliente, Jigme Singye, posó sobre la cabeza de su hijo la corona con forma de cuervo que lo encumbró como el quinto “dragón” de la dinastía Wangchuck.
“No necesito nada. En esta ocasión especial, rezar y desear que el sol y la felicidad brillen siempre en nuestro país”, dijo a la multitud que fue a presentar sus respetos por la tarde.
Tras horas de contacto directo con los ciudadanos, el Rey les pidió que “recen” por su padre y por la “prosperidad” de la nación.
“No puedo expresar lo que siento por el Rey... Será un gran monarca ”, declaró ante las puertas del fuerte un profesor de 30 años, Tshering Tobgay, quien no logró saludar al nuevo rey.
Guía. El monarca, educado en Estados Unidos y Gran Bretaña, guiará al país en su apertura democrática, aunque el rey no tiene poder de veto sobre las leyes aprobadas por el Parlamento, según el primer ministro, Jigme Thinley.
El rey saliente, Singye, (cuarto “dragón”) emprendió en el 2006 una transformación que incluía abdicar en favor de su hijo y convocar a elecciones democráticas.
En marzo del 2008, se formó la primera cámara baja del reino del Himalaya, dominada por el Partido Virtuoso, que obtuvo 45 de los 47 escaños en juego.
El antiguo soberano promovió una filosofía fundada en la “felicidad nacional bruta” más que el producto interno bruto, que promueve la defensa de los valores tradicionales y de la verdad. Un estudio de una universidad británica, ubica a este pueblo de 635.000 habitantes, entre los más felices del planeta.
Según la revista The Economist , en los últimos 25 años la economía ha crecido a un promedio de 7% anual, por la venta de energía hidroeléctrica a India.
Sin embargo, la felicidad ha tenido un triste costo. A finales de la década de 1980, el Gobierno, integrado por la élite “drukpa”, emprendió una violenta campaña que empujó a unos 100.000 butaneses de origen nepalí al exilio.
A pesar del advenimiento de la democracia en Bután, parte de esta comunidad ya ha abandonado la idea de volver a su país natal.