
En la Hacienda del Buen Jesús en Brasil, a un trabajador esclavo le dieron un tratamiento peculiar para las heridas que sufrió cuando cortaba maleza: le dijeron que las friccionara con sal y luego orinara sobre ellas.
Las historias que cuentan Valdeci Alves Ciqueira de Oliveira y otros 21 trabajadores que fueron encontrados en una redada del gobierno a la hacienda no dejan duda de que las tradiciones de esclavitud feudal en Brasil siguen vivas en algunas regiones del noreste del Brasil, una zona golpeada por la pobreza.
A medida que los inspectores del gobierno y la policía federal armada llegaban a la hacienda en el estado de Maranhao, los trabajadores desaliñados salían uno a uno de entre los matorrales que habían estado cortando para convertirlos en pasto para ganado.
El gobierno de Brasil calcula que hay 25.000 “sirvientes” en Brasil, que importó más esclavos africanos que cualquier otro país antes de abolir esta práctica en 1888. Estos sirvientes son atraídos a este tipo de vida con la promesa de un empleo en haciendas aisladas y una vez allí se dan cuenta que no pueden pagar las deudas que han acumulado al comprar herramientas, ropa y otros artículos, que les vende el empleador.
El gobierno tiene cinco equipos que recorren el extenso y aislado interior del país para liberar a campesinos que trabajan en condiciones de esclavitud, dependiendo de los informes y las pistas que les dan grupos defensores de los derechos humanos.
En lo que va del año, los inspectores han liberado a 3.160 trabajadores, frente a 2.156 en todo el 2002. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que nació en un estado del noreste del país donde existió la práctica, ha prometido erradicar la esclavitud.