Jerusalén . Tanto para el presidente palestino, Yaser Arafat, como para el primer ministro israelí, Ehud Barak, la aplicación de los compromisos acordados la víspera en Charm el Cheij, Egipto, para poner fin a la violencia, se anuncia difícil y políticamente arriesgada.
La Autoridad Palestina se comprometió ayer en un comunicado a "obrar para calmar la situación". Es la primera vez que asume un compromiso público semejante.
Al parecer, Arafat está decidido a cumplir sus compromisos, incluso si estos "le han sido impuestos" por los países occidentales y árabes, según Ghassan al Jatib, analista palestino. El problema es saber si tiene los medios para hacerlo, es decir, si controla la calle.
La dirigencia de Israel asegura que sí, y que un llamado de su parte será suficiente para poner fin a los ataques contra israelíes.
Pero la destrucción, el 7 de octubre, por una multitud enfurecida de palestinos de la Tumba de Josué, lugar santo judío en el norte de Cisjordania, y en particular el linchamiento de dos soldados israelíes el 12 de octubre en Ramalá, demostraron que en el contexto apasionado que reina actualmente, Arafat, es, a veces, superado por su base.
Su autoridad en algunos responsables palestinos es cada vez más puesta en duda. El líder del Fatah en Cisjordania, Marwan Barghuthi, a quien Israel presenta como verdadero instigador de la sublevación en los territorios, afirmaba la semana pasada que "Arafat puede dar órdenes a la policía (palestina), pero no a mi o al pueblo".
El martes, apenas terminada la cumbre de Charm el Cheij, Barghuthi aseguraba que la insurrección palestina continuará.
Al Jatib estima que actualmente, el control de Arafat de la situación es "débil" y que no la única alternativa que tiene es considerar los sentimientos de su base.
"Arafat no pedirá a Barghuthi que haga algo que él (Barghuthi) no puede hacer", afirmó.
"Para ser fuerte, Arafat debe hablar el lenguaje de la calle, si no, perderá la confianza de la calle, en beneficio de gente como Hamas" , continuó.
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