Durante media hora el presidente Hugo Chávez permaneció a oscuras en el escenario del teatro del Círculo Militar, la noche del jueves, rodeado por dos docenas de guardaespaldas.
Centenares de campesinos lo esperaron durante horas. Cuando apareció, los presentes lo aclamaron con consignas. “¡Chávez, aguanta, el pueblo se levanta!”, gritaban unos. “¡Aleeertaaaa, aleeertaaa, alerta que camina la espada de Bolívar por América Latina”, repetían otros.
“¡Temblad oligarcas!”, “¡La Venezuela bolivariana es la fuerza soberana!”, insistieron los campesinos cuando Chávez les devolvió el saludo golpeando su palma izquierda con el puño derecho.
Minutos después, una falla dejó el salón en tinieblas. De inmediato, más de 20 guardaespaldas corrieron hacia la mesa principal. Rodearon a Chávez formando un círculo, como una manada de búfalos protegiéndose de un ataque.
¡Chávez, la Virgen Santísima te protege!, gritó una mujer. Otro selló el “manto protector”: “¡Chávez, nosotros te cuidamos¡”. Entonces se escuchó su voz inconfundible: “Por favor, hagan silencio y manténganse en sus asientos”.
Nadie más se movió, gritó ni habló. Los soldados pidieron apagar los celulares.
Intenté tomar una fotografía del espectacular anillo de protección y un soldado amenazó con quitarme la cámara.
Quise prender mi radio de transistores para saber qué ocurría y otro me advirtió que no lo hiciera.
Saqué mi libreta para tomar notas y otro me ordenó imponente: “Oye, tú; guarda eso”.
Un periodista del gobierno que estaba detrás mío murmuró: “Y tampoco te dejan pensar”.
La electricidad volvió. Al final del discurso, de una hora, la energía falló otra vez. Chávez se despidió y se retiró por un costado del escenario.
Pero el público no pudo retirarse del auditorio. “¿Y por qué no nos podemos ir?”, preguntó un hombre a otro.
“Por seguridad, hasta que Chávez haya salido del edificio”, le respondió.
“Ah, pues por la seguridad de mi comandante yo pasaría aquí toda la noche”.