Imagine que la papa golpeada, pequeña o “fea” que usted descartaría al final de un cajón en la feria del agricultor, tiene el poder de transformar el cuidado de su piel.
Para María Paula Palma y sus socias de Biotopika, ese residuo que la mayoría desecharía no es basura, sino la materia prima y la base para crear una crema que hoy ya se distribuye en distintas farmacias y que nació con la idea de ayudar a quienes viven con dermatitis.
Según explicaron, la idea surgió durante un curso universitario: “Si es una enfermedad que no tiene cura y que abarca tantas personas, ¿qué podemos hacer para ayudar?”, comentó Palma, y luego de probar la fórmula con familiares y amigos decidieron llevarlo más allá y crear la empresa.
Biotopika rescata lo que antes se desechaba y, mediante un proceso de producción desarrollado en el Laboratorio de Bioemprendimientos del Tecnológico de Costa Rica (TEC), elimina impurezas, logra extraer la molécula necesaria de la papa y garantiza la eficacia del producto.
“Queremos que el producto sea accesible y llegue a las personas que más lo necesitan”, comentó la joven.
Detrás de cada crema hay un beneficio mutuo: el agricultor recibe un pago por lo que iba a botar, la empresa transforma el residuo en innovación y el consumidor obtiene un producto sostenible, nacido de la propia tierra costarricense.
Este modelo de negocio de transformar lo que sobra en productos de alto valor, utilizando recursos biológicos y residuos orgánicos, se conoce como bioeconomía.
Según las Cuentas Ambientales publicadas por el Banco Central de Costa Rica (BCCR), en 2021 (último dato disponible), las actividades características de la bioeconomía aportaron un 13% del valor agregado del país, lo que representó ¢4.686 millones de millones, y generaron el 17% del empleo, equivalente a 395.000 puestos de trabajo en este sector.
Estos datos, que forman parte de un esfuerzo por medir la interacción entre la economía y el ambiente, muestran un porcentaje significativo de recuperación y crecimiento en este grupo de actividades, incluso en periodo posterior a la pandemia entre 2020 y 2021.
A nivel mundial, el crecimiento del sector también es notable. Según el informe anual de Situación de la Bioeconomía Global, el Foro Mundial de Bioeconomía estima el valor total de la bioeconomía en $4 billones.
Adicionalmente un estudio del Instituto Henderson (BHI) de Boston Consulting Group estimó que el valor podría ascender a $30 billones en 2050.
Proyectos en marcha
Este contexto global y nacional se materializa en iniciativas que ya se desarrollan en Costa Rica.
Además de Biotopika, otro de los proyectos en marcha es Malma, una iniciativa que nació con la importación de un cultivo de alga desde Escocia para convertirse en el inicio de una investigación única en Costa Rica.
El material llegó desde un cepario europeo y durante meses fue adaptado a las condiciones locales, temperatura, humedad y salinidad, todas estas completamente distintas a las de su lugar de origen, en un proceso clave para lograr el cultivo exitoso en territorio costarricense.
Al frente de este proyecto están Caleb Sibaja y Kevin Cordero, biotecnólogos egresados del TEC y líderes de la iniciativa. El emprendimiento trabaja con la microalga Asparagopsis taxiformis para reducir las emisiones de metano en la ganadería.
Aunque esta especie también se encuentra en las costas costarricenses, extraerla directamente del mar implicaba largos procesos de permisos ambientales.
Por este motivo, los jóvenes optaron por importarla y desarrollarla por primera vez en Costa Rica y Latinoamérica, mediante un sistema de cultivo controlado en laboratorio, replicando artificialmente las condiciones marinas con agua salada y control de temperatura.
“El mayor reto fue lograr que el alga se adaptara a un entorno completamente distinto”, comentó Sibaja.
Tras más de un año de cuidados y pruebas, el cultivo logró estabilizarse y hoy se propaga mediante cortes controlados, un proceso que consiste en cortar cuidadosamente partes del alga para que cada fragmento pueda regenerarse y creando nueva biomasa, abriendo la puerta a un escalamiento progresivo.
El objetivo del proyecto es trasladar la producción a piletas de agua salada natural en zonas costeras y desarrollar un suplemento para ganado que ayude a reducir las emisiones de metano generadas durante su proceso digestivo.
Según Cordero, si logran llegar a un 15% del mercado, la reducción de emisiones de metano sería equivalente a eliminar las emisiones de todos los carros de Costa Rica. Además, ellos buscan generar empleo en comunidades costeras, especialmente para mujeres.
A unos kilómetros de distancia, en Turrialba, el proyecto NostocFert liderado por el ingeniero Alejandro Gómez, trabaja con cianobacterias endémicas, microorganismos que utilizan la luz solar para producir energía y liberar oxígeno.
Además, son capaces de captar carbono y nitrógeno del medioambiente y transformarlos de manera natural en nutrientes aprovechables para los suelos, que son utilizados en cultivos de café, chile y tomate.
Su proyecto ha evolucionado hacia una empresa de investigación y producción, con módulos experimentales en fincas y laboratorios universitarios, con la visión de posicionar a Costa Rica como referente regional en fertilizantes sostenibles.
Este proceso ofrece una alternativa más amigable con el medioambiente al reducir la dependencia de químicos industriales altamente contaminantes.
Además de Alejandro Gómez, la marca Sunspectra utiliza la papaya como base para desarrollar protectores solares amigables con el ambiente. La empresa aprovecha la fruta madura, extrayendo sus componentes naturales para incrementar la protección solar de sus productos.
La iniciativa involucra a productores locales, transformando un residuo agrícola en materia prima de alto valor, y al ser una marca comprometida con el medioambiente, se extiende más allá de su producción utilizando sus empaques biodegradables.
Sunspectra cuenta con más de 70 puntos de venta en el país y tiene planes de expandirse hacia Estados Unidos, siendo un ejemplo de cómo la innovación sostenible puede convertirse en un negocio responsable y rentable.
Mariola Urgellés, CEO de Sunspectra, comentó que recibir asesoramiento de la Universidad de Costa Rica desde etapas tempranas del proceso fue lo que hizo que su producto pasara de ser una idea a un modelo de negocio y una empresa establecida.
Y es que el aprovechamiento de residuos no se limita al sector productivo. En el ámbito académico, un equipo de la Universidad de Costa Rica (UCR), en la Sede del Atlántico, desarrolla un proyecto de creación de bioplásticos a partir de la mazorca del cacao, transformando sus residuos en un material con propiedades plásticas específicas. El proyecto busca aprovechar un producto que actualmente se desperdicia, y analiza posibles aplicaciones de su uso.
Para comprender cómo los residuos agrícolas pueden transformarse en nuevos materiales, el siguiente infográfico detalla el proceso desarrollado por las estudiantes Daniela Scott, Iris Arias, Sabrina Corea y Amanda Navarro de la UCR, que explica la creación de bioplástico a partir de la mazorca del cacao.

Este crecimiento de iniciativas bioeconómicas también se ve respaldado desde el sector público. El viceministro del Ministerio de Ciencia, Innovación, Tecnología y Telecomunicaciones (Micitt), Orlando Vega, explicó que a través de programas como CR Investiga, se han abierto posibilidades de que centros de investigación en conjunto con el sector productivo presentaran propuestas para obtener financiamiento.
La convocatoria contó con ¢120 millones y tuvo más oferentes que becas disponibles. “Creo que a nosotros nos permite tener un buen termómetro de que efectivamente hay un interés por parte de la población que nos permite tener este apoyo”, comentó Vega.
Lo que se hace afuera y que Costa Rica podría fortalecer
Desde la cooperación internacional, Costa Rica también forma parte de iniciativas regionales que permiten dimensionar su avance en bioeconomía frente a otros países de América Latina. Así lo explicó Celestina Brenes, especialista en bioeconomía del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), quien señaló que el país participa activamente en tres grandes plataformas internacionales: la Red Latinoamericana de Bioeconomía, la Plataforma Hemisférica de Bioinsumos y la Coalición Panamericana de Biocombustibles. Estas iniciativas integran a 34 países, además de una oficina permanente en Europa y articulan al sector público, privado y académico.
La comparación regional evidencia oportunidades de mejora. Argentina, por ejemplo, optó por crear una oficina específica de bioeconomía con talento humano, recursos e infraestructura dedicados exclusivamente al tema, lo que permitió desarrollar programas de capacitación, formación de capacidades, eventos y posicionamiento, así como un sello bioeconómico nacional.
“Es una de las cosas que a nuestros países en Latinoamérica nos cuesta mucho porque tenemos fondos limitados, es muy difícil crear una oficina solo para un tema en particular, por eso destaca el caso de Argentina”, comentó Brenes.
En Colombia, están desarrollando el observatorio para la bioeconomía, y existe un instituto en específico que se articula desde el Departamento Nacional de Planeación, un ente con jerarquía sobre los ministerios, lo que facilita la coordinación interinstitucional, el seguimiento de indicadores y la participación.
Brasil por su parte, avanzó con una estrategia que asigna presupuestos concretos a cada eje de la bioeconomía, garantizando ejecución y continuidad en el mediano y largo plazo, una práctica que ha fortalecido la innovación tecnológica en bioeconomía en el sector.
Estas experiencias internacionales concuerdan directamente con los desafíos señalados a nivel nacional. Para la diputada Paulina Ramírez, Costa Rica cuenta con conocimiento científico y proyectos viables, pero carece de estructura institucional y financiera que permita escalar esas iniciativas.
“Si no se hace una coordinación institucional efectiva, es muy difícil que las personas vean una oportunidad real de desarrollar proyectos”, mencionó Ramírez.
La propuesta legislativa busca precisamente acercar al país a estos modelos internacionales, asignando recursos específicos y fortaleciendo la articulación entre instituciones como el INA, el Inder y el Micitt.
Ramírez comentó también sobre una consecuencia directa de esta falta de articulación y financiamiento: el talento costarricense se está yendo. Según explicó, muchos estudiantes y jóvenes investigadores costarricenses que desarrollan proyectos innovadores en bioeconomía terminan siendo absorbidos por iniciativas en el extranjero, donde sí existen estructuras claras, recursos y acompañamiento para expandir sus ideas.
“Estamos formando talento de alto nivel, pero si el país no genera las condiciones para que estos proyectos crezcan aquí, otros países se los llevan”, señaló la diputada.
La red de centros de investigación y la alta calidad del recurso humano se consolidan como activos clave para avanzar hacia una economía menos dependiente de combustibles fósiles y más competitiva, al tiempo que se generan oportunidades de desarrollo local y se contribuye a la seguridad alimentaria global.
“Muchas personas ya están innovando en bioeconomía sin saber que lo que hacen tiene ese nombre”, señaló Brenes, al destacar que 78 emprendimientos costarricenses participaron en una reciente convocatoria regional del concurso Agrobioemprendimiento de Impacto que recibió más de 1.100 postulaciones.
El reto para Costa Rica, coinciden las fuentes, no es la falta de ideas, sino la capacidad de articular, financiar y dar seguimiento a un sector que ya existe, pero que aún no explota todo su potencial. En ese cruce entre lo que se hace afuera y lo que puede fortalecerse dentro, la bioeconomía aparece como una oportunidad estratégica para el desarrollo futuro del país.
Sharon Peñaranda es estudiante de periodismo de la Clase 18 de la Asociación de Periodismo Colaborativo Punto y Aparte. Es el encuentro entre periodistas y estudiantes de la carrera, quienes generan producciones periodísticas de alta calidad sobre las causas y las soluciones de realidades de riesgo social, y se mantienen vinculados para promover el buen periodismo.