Por César Muñoz Acebes
Washington, 25 dic (EFE).- El Producto Interior Bruto (PIB) es un dato que obsesiona a los ministros de finanzas de todo el mundo, pero algunos psicólogos y economistas les proponen una alternativa revolucionaria: que se ocupen más de la felicidad de los ciudadanos.
El PIB -el valor total de todo lo que se compra y vende en bienes y servicios de un país- es un índice con rango de super estrella.
La divulgación de los últimos datos de su crecimiento o contracción acapara las primeras páginas de los periódicos porque se entiende que refleja el bienestar del país.
No obstante, es difícil oír a los medios de comunicación referirse al nivel de tristeza, enfado o satisfacción de las personas.
La felicidad de los ciudadanos, que debería ser el objetivo final del Gobierno, raramente forma parte del vocabulario de los políticos.
En su lugar, hablan del PIB, cuyo encanto radica en que es un número, algo tangible y cuantificable, aunque hasta su nombre es engañoso: pese a que se llama "producto" no mide principalmente la producción, sino el consumo.
Pero el hecho de que es una cifra, fascina a los profesionales de una disciplina como la economía, que aspira a ser una ciencia exacta, a pesar de que sus predicciones del futuro a menudo son tan correctas como los augurios basados en la lectura de los posos del café.
La concepción del PIB como un dato sólido e imparcial es incorrecta, a juicio de Ed Diener, un psicólogo de la Universidad de Illinois.
"El PIB contiene una cantidad tremenda de subjetividad e imperfecciones", dijo el psicólogo a EFE.
De hecho, es un índice engañoso e incluso de mal agüero. Por ejemplo, tras un terremoto o una inundación el PIB aumenta, pues los residentes y las empresas aflojan el bolsillo para reparar los edificios dañados y reemplazar los objetos perdidos.
Si el automóvil se te estropea, también sube, gracias a la cuenta del mecánico. Si se te rasga la camisa, sube porque te compras otra.
El PIB es un índice que se nutre, no sólo del trabajo, sino también de las desgracias de los ciudadanos y no tiene en cuenta la calidad de los bienes y servicios producidos.
Además, la destrucción ambiental engrosa el PIB a corto plazo, a pesar de que ésta disminuye las perspectivas de crecimiento en el futuro.
La tala indiscriminada de árboles en el Amazonas, por ejemplo, incrementa los beneficios de las madereras y el área cultivable arrebatada a la selva, pero reduce la lluvia y la biodiversidad, y aumenta la erosión.
El PIB es también más elevado en sociedades donde los padres contratan a tutores para ayudar a sus niños con los deberes, en lugar de hacerlo ellos mismos, o a cuidadores de los pequeños cuando salen al cine, en lugar de dejarles con los abuelos, pero ¿es la gente más feliz?
No necesariamente. El pueblo más contento con la vida no es el luxemburgués, que cuenta con el mayor PIB per cápita, sino el puertorriqueño, según la "Encuesta Mundial de Valores", que está elaborada por un grupo internacional de sociólogos. Le siguen el mexicano, el danés y el irlandés.
"Los latinoamericanos son más felices de lo que uno pensaría en base a su PIB, debido a la riqueza de sus relaciones sociales, a que no se preocupan tanto por evitar cometer errores y a su forma alegre de encarar la vida", explicó Diener.
Diener ha diseñado por encargo de Gallup, una de las mayores empresas de opinión pública de EEUU, un "índice nacional de bienestar", que mide en base a encuestas la satisfacción de las personas en varias facetas de su vida.
Además, propone que se usen medidas de bienestar en proyectos específicos. Por ejemplo, cuando las autoridades estudian la creación de programas para cuidar durante el día a personas con la enfermedad de Alzheimer, normalmente sólo tienen en cuenta su costo.
Según Diener, también deberían tomar en consideración que el cuidado constante a los enfermos hace a sus familiares infelices.
Al final, lo que este psicólogo pretende no es la eliminación de los índices económicos o del propio PIB, sino sólo que se reconozca que su crecimiento no es el elixir de la felicidad. EFE
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