Por Teresa Bouza
Washington, 29 ene (EFE).- Alan Greenspan dejará, cuando se jubile el martes de la Reserva Federal (Fed) un historial envidiable al frente de la institución, pero también a un país endeudado hasta el cuello, situación que en parte ayudó a alimentar.
Bajo la atenta mirada del "maestro", como lo define el periodista Bob Woodward en su biografía, la economía de EEUU capeó atentados, desplomes bursátiles y crisis financieras internacionales.
Su acertada política monetaria contribuyó a un periodo de enorme prosperidad: entre 1993 y 2000, EEUU creció a un ritmo del 4 por ciento y añadió más de 2 billones de dólares cada año a su Producto Interior Bruto (PIB), lo que supera la producción anual de Francia.
Greenspan consiguió, además, mantener a raya el fantasma de la inflación, logro que Ken Goldstein, del centro de análisis The Conference Board en Nueva York, considera su principal legado.
"La inflación ha sido, es, y probablemente será, baja", dijo a EFE Goldstein. El indicador sólo subió por encima del 5 por ciento en uno de los 18 años del reinado de Greenspan, mientras que en once de ellos, el aumento fue inferior, o igual, al 3 por ciento.
No es de extrañar que con esa trayectoria, el ejecutivo de origen judío, de 79 años, haya alcanzado estatus divino.
Pero muchos de los historiadores que ya se disponen a juzgarlo ven en su legado varias grietas tectónicas que amenazan con hacer temblar los cimientos económicos estadounidenses: el endeudamiento de los hogares, el déficit comercial y la burbuja inmobiliaria.
No falta quién como Anthony Chan, economista de JP Morgan, resten responsabilidad al "maestro" por la evolución de los acontecimientos en ese frente, al señalar, primero, que el consumismo estadounidense no es creación de Greenspan y, segundo, que su respuesta monetaria fue la "necesaria" para frenar la recesión de 2001.
Greenspan reconoce que las políticas que impulsó para estabilizar la economía tras el batacazo bursátil de 2000 contribuyeron en parte a engrasar la maquinaria de la deuda.
Los bajos tipos de interés que se sucedieron a partir de 2001 estimularon las compras de viviendas y, en general, el endeudamiento de los estadounidenses.
Los consumidores también utilizaron el dinero prestado para adquirir bienes importados, lo que disparó el déficit comercial, que se calcula que alcanzará el récord de 700.000 millones de dólares en 2005.
El gurú de la Fed asegura que la alternativa hubiera sido peor y habría provocado una dolorosa agonía económica.
Greenspan temía que de haber mantenido los tipos en torno al nivel del 6,5 por ciento en el que estaban a principios de 2001, EEUU se habría adentrado en un letargo similar al de Japón.
La receta por la que apostó rindió frutos: la recesión económica de 2001 fue una de las más benignas de la historia, con una vida de sólo nueve meses.
Tres años más tarde, en junio de 2004, Greenspan consideró que había llegado el momento de volver a apretar las tuercas.
Desde entonces, la Fed ha encarecido el precio oficial del dinero en trece ocasiones, hasta el 4,25 por ciento, pero Greenspan se encontró con un "acertijo" que no ha podido descifrar.
Según sus cálculos, al subir los tipos de interés a corto plazo, también lo harían -como ha ocurrido tradicionalmente- las tasas a largo plazo, que determinan los préstamos hipotecarios.
Pero los tipos a largo no subieron y con las hipotecas bajas, los estadounidenses siguieron comprando casas, acumulando riqueza con la apreciación de sus viviendas y gastando como nunca.
A Greenspan le consuela pensar que la revalorización inmobiliaria compensa el endeudamiento, pero Stephen Roach, economista jefe de Morgan Stanley, dice en el último número de la revista "Foreign Policy" que, al hacerlo, asume que los precios seguirán subiendo, lo que no ha sido cierto en un mercado tradicionalmente volátil.
El gran interrogante, pues, es qué ocurrirá con el "boom" inmobiliario: ¿se producirá una desaceleración gradual o estallará la burbuja dejando un reguero de deudas a la que los hogares no puedan hacer frente?
El que Greenspan conserve su estatura de gigante podría depender, en gran medida, de cómo se resuelva ese enigma. EFE
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